Recuerdo Almanaques
Recuerdo (y, sin duda, añoro) los almanaques de Navidad del Pulgarcito, del Tío Vivo, del TBO o del DDT. De pequeño, supongo que como ocurría con otras personas, las Navidades eran fiestas muy entrañables para mí y, además, justo comenzaban cuando mi padre me compraba alguno de estos tebeos especiales, todavía calentitos del kiosco. Él, mi padre digo, me los dosificaba: cada domingo uno, hasta completar la serie. Pero no fallaba nunca. Cada año, cada mes de diciembre. Para abrir boca y al mismo tiempo, el Pulgarcito y el TBO. Después, los demás.
Recuerdo que durante esos días los almanaques constituían todo un acontecimiento en mi vida. Eran ventanas a través de las cuales yo me asomaba al mundo de otros adultos, de otros niños, de otras ciudades, que eran los que y las que aparecían por sus páginas. Además las historietas de los almanaques navideños acababan bien. En la última viñeta siempre tomaban champán - jamás le llamaré cava -, comían pavo, turrones, piña y otras viandas selectas. Hasta Carpanta era feliz y Doña Urraca resultaba menos hurona a pesar de su nombre.
Recuerdo que era frecuente, en esa última viñeta, que se juntasen personajes de varios dibujantes distintos: Don Pantuflo, Don Pío, Carioco, el Profesor Tragacanto, Agamenón, Mortadelo, Filemón, Protasio, el Doctor Cataplasma, las hermanas Gilda ... Todos llevaban la máscara que entonces, indudablemente me parecía auténtica, de la felicidad. De la felicidad navideña. Como si esos días nadie pudiera estar triste o pasar privaciones (de hambre, de libertad, de pensamiento ...) o caer enfermo. Ha
sta Fernandino, el inefable sablista del buen Ulises Higueruelo, era otro en esos tebeos. Al fondo siempre había un abeto, rematado por una estrella de cinco puntas y, cerca, muy cerca, de las copas de champán brotaban burbujas de felicidad.
Recuerdo que los Almanaques de Navidad se tornaban tristes cuando pasaban las fiestas. Era como si perdieran sentido. Pero no morían, sólo se aletargaban durante once meses porque, cuando un año después se publicaban los almanaques siguientes, se reanimaban y cobraban vida para rivalizar con ellos y convertirse, de nuevo, en protagonistas de aquella época tan esperada entonces. Era algo así como si les advirtiesen a los recién llegados: ¡Bienvenido! Tú eres el de este año, pero antes lo fui yo... Y sigo aquí.
Recuerdo que, de modo inevitable, los repasaba una y otra vez y establecía comparaciones entre ellos. Y así observaba que, afortunadamente y al contrario de lo que ocurría con los números ordinarios, nunca se repetían las historietas. Las historietas de los almanaques de Navidad eran únicas, pensadas, escritas y dibujadas ex profeso cada año.
Recuerdo que, como he dicho al principio, todavía los echo de menos. Y todavía espero que alguna vez alguien tenga la feliz ocurrencia de reeditarlos. Todos no, claro, es imposible. Pero sí una buena selección de ellos. Público tienen sin duda: los nostálgicos cincuentones, como el que esto escribe, que, gracias a Dios y a pesar de la crisis, todavía podrían comprarse alguno de ellos para regresar a un tiempo en el que seguro que fueron felices.
¡Bon Nadal, mis queridos y comiqueros lectores!
Herme Cerezo




