Tarde imposible.
Después de llevar casi un mes sin leer ni un tebeo, ni siquiera una historieta o un chiste, por motivos diversos, hoy, tras la jornada laboral había decidido que era el día apropiado para romper la racha. Así que me he dado un garbeo por alguna de esas tiendas de cómics que sobreviven la crisis como mejor pueden en Valencia (esa ciudad mediterránea que tiene lecho y puentes pero no río, aunque le llamemos el río, vamos al río, acostumbramos a decir). La verdad es que andaba indeciso contemplando las novedades. Hasta que un título ha atraído mi atención sobre él desde uno de los anaqueles. Se trataba de ‘Los impostores' de Christian Cailleaux. Bien. Lo he cogido, lo he sobado, ¡cuánto tiempo sin tener un cómic nuevo en la mano!, casi lo he olido y he leído lo que sigue: "Era bastante gracioso. ¿Cuánto tiempo más duraría esa situación? El champán era perfecto, el apartamento suntuoso y estar entre gente rica no resultaba desagradable. Decidí aprovechar la situación, tomar un trago o dos, y luego retirarme con discreción". Estas palabras son las que pronuncia uno de los personajes en la contraportada. Interesantes. Insinuantes. Prometedoras. El formato, además, parecía el adecuado para facilitar su manejo, ese tamaño que ni es cómic ni libro tradicional. Es algo distinto. Y algunas novelas gráficas lo utilizan con asiduidad. O eso me parece a mí.
Estaba decidido a comprarlo. Por eso lo he abierto y me he tropezado con un dibujo francamente atractivo y una magnífica presentación, con tonos suaves, muy agradables, de trazo sencillo. Todo discurría con placidez hasta que ha llegado el horror: los bocadillos. Sí, porque las letras parecían hormigas recorriendo una autopista de seis carriles. Para leer alguno de los textos he tenido que realizar auténticos esfuerzos visuales y, a las ocho de la noche, ya no está uno para esos trotes. A lo sumo está para tipografía del tamaño 11 ó 12 de cualquier procesador word.
Es una lástima, porque creo que los cómics como 'Los impostores' no los lee todo el mundo, sino los aficionados que ya han ido quemando etapas, escalones, y se han situado en un lugar privilegiado para comprender este tipo de historias. Historias que, por otro lado, les apetecen porque hace unos años no existían en el cómic y sólo las encontraban en la literatura. Pero claro, esos mismos lectores ya tienen (tenemos) algunos años y probablemente se sirven (nos servimos) de las gafas para todo menos para dormir.
¡Qué lástima! ¡Qué frustre! ¡Qué tarde imposible! Y es que en el fondo, creo que la idea de la novela gráfica, aunque la consuma, no me termina de convencer por dos motivos. Uno, su mayor extensión suele privar al cómic de una de sus principales cualidades como arte: el dinamismo. Y dos, para abaratar costes, los editores disminuyen el tamaño de la publicación, que en origen es mayor, y al reducir las dimensiones las letras "se encogen". En fin, espero que otro día, cuando tenga la vista más descansada, renovato impetu, me anime a leerlo, vuelva por allí y lo compre. Mientras tanto, me distraeré leyendo otra cosa, que también vendían en la tienda, un clásico en todo (argumento, dibujo y formato), que promete ser interesante. Ya les contaré.
Herme Cerezo




