‘El alcohólico' de Jonathan Ames y Dean Haspiel: retrato de escritor, dulce y amargo, sobre fondo etílico.
La única sonrisa, bastante lacónica por cierto, que ha conseguido despertar en mí la lectura de ‘El alcohólico' de Jonathan Ames y Dean Haspiel ha surgido en la última página, mejor dicho, de la fusión de la última y penúltima viñetas de este álbum. Me llama la atención que varios críticos, de muchísimo más fuste, repercusión y éxito mediáticos del que esto suscribe (The Philadelphia Inquirer, Variety, Brian K. Vaughan, The NY Sun o Bret Easton Ellis) hayan calificado a ‘El alcohólico' - así reza la contraportada - como una obra divertida. Creo que este trabajo, que se adscribe a esa tendencia actual, completamente alejada de superhéroes y aventureros de otras épocas, de trasladar escenas de la vida real, del día a día, del noche a noche, al lector del cómic, lo es todo menos algo divertido. Comparto, sin embargo, en líneas generales el resumen que emplea en esa misma contraportada el ‘Montreal Mirror' para definir la obra: "Una historia triste y casi siempre bonita movida por la sinceridad".
‘El alcohólico' nos cuenta la vida de un tipo, Jonathan A., que pretende ser y convertirse en escritor. Jonathan comenzará escribiendo pequeños artículos para diarios y revistas locales hasta desembocar en la escritura de novelas policiacas, género que le permitirá crear una serie de cierto éxito, protagonizada por un tal Max Irwin. Para conseguir su objetivo, repartirá el tiempo entre el teclado y la conducción de un taxi, donde fraguará muchos de los argumentos que, más tarde, plasmará en el papel. Para dar mayor verosimilitud a las intenciones del protagonista, en los bocadillos aparecen numerosas referencias a escritores: Hemingway, Kerouac, Thompson, Chandler ...
La existencia de Jonathan A. se mueve por los vericuetos comunes de cualquier mortal, pero en su caso estos caminos se tornarán ciertamente tortuosos porque la cosa no termina de funcionarle demasiado bien. Su relación con su amigo y compañero de colegio, Sal, en cuya amistad el protagonista creerá entrever atisbos de una cierta homosexualidad, le perseguirá durante toda su vida; tampoco tendrá excesivo éxito con las mujeres y su vida familiar, que parece algo más sosegada, no es más que una máscara tras la que el protagonista esconde una dualidad: buen estudiante y buen chico en casa y un sujeto bastante distinto lejos de ella. Precisamente, sus padres, en un recurso excesivamente manido aunque sin duda efectivo, fallecerán en un accidente de automóvil, lo que dejará a Jonathan solo ante la vida, ante su propia responsabilidad, ante un entorno que no comprende y que a menudo le devora. El único asidero que le mantendrá unido al mundo es su relación con la última persona de su familia que queda viva: la tía abuela Sadie, un buen personaje secundario, que le proporcionará momentos de entrañable cariño en los que refugiarse cuando las tormentas estallan.
Sin embargo, ‘El alcohólico' no sólo trata de la vida de un escritor o de un ser humano más o menos atormentado, sino que es también el retrato de un alcohólico. Jonathan descubrirá la bebida como lo hace todo el mundo, trasegando un botellín tras otro hasta ver qué sucede. "Bebíamos solos en el bosque, junto al estanque donde nos habíamos criado, o en la fiestas. La bebida me hacía vomitar casi todos los fines de semana. Es como si fuese bulímico, pero con el alcohol. Al volver a casa, la cama me daba vueltas. Era horrible, pero aun así seguía emborrachándome todos los viernes y sábados por la noche". Igual que bebe, tratará de purificarse, acudiendo a una sauna para expulsar los vapores etílicos, o de alejarse definitivamente de su querencia a la copa fácil a través de una cura de desintoxicación dirigida por la doctora Wilson, una psicóloga a la que recurrirá cada vez que necesite una luz que alumbre su sendero. Pero la vida de Jonathan, como la de todo bicho viviente, no se detiene y discurre como una sucesión imparable de momentos con final decepcionante: su enamoramiento de una chica, a la que mentalmente bautizará como San Francisco y con la que vivirá una etapa feliz que, por desgracia durará poco; su contratación como profesor en una pequeña universidad norteamericana de la que será expulsado por participar en una fiesta con algunas de sus alumnas; la explosión del 11-S que - ¡ a quién no! - dejará una profunda huella en su mente; la muerte de su amigo Sal, ... No, lo cierto es que Jonathan no lo tendrá fácil para olvidar la bebida, a la que regresará periódicamente. "No creo que nadie sepa qué coño está pasando. Todo es muy complicado", dirá mientras sigue bebiendo. Resulta interesante comprobar que, a lo largo de la Historia de la Literatura, muchos escritores han recurrido al uso de las drogas o del alcohol para ejercer su oficio. Faulkner, sin ir más lejos, decía que para escribir sólo necesitaba un poco de tabaco, whisky y la máquina de escribir. Sin embargo y a diferencia de ellos, Jonathan ya era alcohólico antes de decidirse a emborronar papeles. En este álbum, la bebida no desempeña ningún papel relevante en la actividad creadora del protagonista, sino que lo hace en el ámbito de su vida privada.
Desde el punto técnico, ‘El alcohólico' es una novela gráfica perfectamente narrada y dibujada, con una gran riqueza de viñetas de tamaño y estilo bien diferentes. Las imágenes traslucen las sensaciones y las intenciones de los personajes que el autor quiere transmitir al lector con absoluta nitidez. El manejo de la tonalidad cromática por parte de Dean Haspiel, el dibujante, es muy efectivo hasta tal punto que, aun siendo un relato contemporáneo, no echamos de menos el color, ya que el negro, gris y blanco le añaden una patina de antigüedad a las imágenes, e incluso al tema, que no le vienen nada mal. El guión parte del presente, retrocede en el tiempo, cuenta el pasado y conduce al lector al punto de partida desde el que se avanza en la historia, un recurso narrativo interesante, aunque no nuevo, y enriquecedor sin duda.
Al final del álbum se incluye una especie de reportaje sobre Jonathan Ames, el guionista, incidiendo en la posibilidad de que todo lo que se cuenta en ‘El alcohólico' pudiera tener un marcado matiz autobiográfico. No voy a entrar en valoraciones sobre lo que allí se dice, pero sí es innegable que toda obra artística contiene rasgos autobiográficos, más o menos maquillados, y también que determinadas sensaciones que transmiten los autores en texto e imágenes suenan demasiado ciertas para ser inventadas. Sin pasar por alto, además, un detalle: el rostro del guionista se parece bastante al del protagonista del álbum.
Herme Cerezo
‘El Alcohólico' de Jonathan Ames y Dean Haspiel. Colección Vértigo. Ed. PlanetaDeAgostini, año 2010; tapa dura, blanco, negro y gris, 144 pags., 13,95 euros.
Publicado en SIGLO XXI, 09/03/10.




