Monterroso, Hergé y los eclipses.
El día de Sant Jordi tuve la fortuna de ser invitado por el escritor y profesor de Historia Contemporánea, Luis Valera, a participar en una charla con estudiantes de Secundaria y COU en el instituto Jordi de Sant Jordi de la ciudad de Valencia. El objetivo era claro: promocionar la lectura y, magno y estéril propósito, la creación literaria. En total unos sesenta alumnos, más o menos, tuvieron la amabilidad de escucharnos e, incluso, alguno de ellos formuló alguna pregunta.
Dentro de la charla, que versó fundamentalmente sobre el cuento y el relato breve, decidí leer en voz alta una historieta del fallecido escritor hondureño, pero reconocido como guatemalteco, Augusto Monterroso, uno de los mejores cuentistas que han existido sobre la faz de este planeta que llamamos Tierra. El cuento escogido se titula ‘El eclipse'.
‘El eclipse' trata sobre un misionero español, fray Bartolomé Arrazola, el cual, perdido en la misteriosa jungla centroamericana, es apresado por un grupo de mayas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar. ¿Les suena de algo? ¿Todavía, no? Bueno, avancemos.
El fraile, con acertado juicio, creyó llegada su última hora. Y fue entonces cuando, fruto de su enorme cultura y su conocimiento de Aristóteles, concibió una mínima esperanza al recordar que aquel día iba a tener lugar un eclipse de sol. Como, después de vivir tres años por aquellos andurriales, dominaba las lenguas autóctonas, no tuvo otra ocurrencia que amenazar a los aborígenes con que si le mataban, él forzaría que el sol se apagase en lo alto del cielo. Ahora si que les suena, ¿verdad?
Automáticamente, se encendió la señal de alarma en mi mente. Y vino a mi memoria un álbum de Tintin: 'El templo del sol', publicado en la revista del mismo nombre que el reportero en el año 1948 por Hergé. En esta historia, Tintín, Tornasol y Haddock se libran de ser asados en una pira inca, merced a un recorte de prensa que encuentra el periodista del mechón rubio en su celda, tras pelearse con Milú. En dicho recorte se informaba que, en la fecha prevista para su ejecución, se producirá un eclipse solar.
La pregunta estaba servida: ¿conocía Hergé el cuento de Monterroso o era éste quien conocía el cómic de aquél? ¿Fue uno el punto de inspiración del otro?
Teniendo en cuenta que el libro de relatos de Monterroso, ‘Obras completas (y otros cuentos)', donde se publicó ‘El eclipse', vio la luz en 1959, la respuesta parece obvia. Si alguno de los dos autores conocía la existencia del otro, sólo uno, Monterroso, pudo usar como fuente de inspiración la historieta de Hergé y no al revés. Eso, claro está, suponiendo que así fuera y que no se tratase de una mera coincidencia. En ningún caso estoy hablando de plagio ni de nada por el estilo.
Sin embargo, el desenlace de ambas historias no es el mismo. Mientras la suerte de Tintin y sus amigos ya se comentó antes, la del ingenuo fray Bartolomé Arrazola la explico ahora: fue sacrificado y churrascado en el altar inmolador, mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
El Kiosquero.


