Algo más sobre la colección 'CLÁSICOS DEL HUMOR'
Ayer tuve la suerte de entrevistar para SIGLO XXI a una de las mejores autoras de novela policial que hay actualmente en España: Alicia Giménez Bartlett. Para mi sorpresa, aunque el motivo de nuestra entrevista no era ése, hablamos unos minutos del Cómic. Fechas atrás, la escritora albaceteña había coincidido en Madrid con Enki Bilal y había quedado maravillada de sus álbumes. Tanto es así que una de sus viñetas le había inspirado un relato. Y Alicia Giménez Bartlett, ni perezosa ni corta, lo escribió en un santiamén. Aprovechando la coyuntura, además, se compró todos los álbumes que pudo encontrar del autor nacido en Belgrado hace 58 años. Cualquier día trataré de entrevistarla para la sección 'No estamos locos' de este Kiosco, porque cada vez son más los escritores que leen o han leído cómics y se sienten orgullosos de ello.
Pero bueno, a lo que iba hoy. La semana anterior, en la colección 'Clásicos del Humor' apareció u
n segundo volumen dedicado a Mortadelo y Filemón. Para mí era uno de los más buscados, ya que su aventura, 'El caso del bacalao', incluida entre sus páginas, la tuve y leí en su día pero la había perdido. O tal vez la dejé a alguien que no me la devolvió. No lo recuerdo. El caso es que he vuelto a leerla.Y me he vuelto a prendar de ella.Creo que, junto con 'El sulfato atómico', son los dos mejores álbumes de la pareja de investigadores de la TIA. Y es que, observando ahora con otros ojos esta aventura, con la distancia debida, sin la avidez de los años mozos (de doce para abajo), se aprecian otros matices. Y así comprendo, sin duda cómo Ibáñez ha triunfado como lo ha hecho ya que cada viñeta de Mortadelo y Filemón es un gag distinto. Y eso es muy difícil de conseguir. Son gags que entran por los pequeños detalles: por ejemplo, esos hortelanos que, como los perros del dibujante Urda, que trabajaba en el 'TBO', ven una escena como meros espectadores, indiferentes a lo que ocure, y hacen un comentario al respecto que no tiene nada que ver con la realidad, porque no entienden nada o porque están de vuelta de todo; o ese cocodrilo que, después de ser una feroz bestia carnívora, tiene que contentarse con comer una lata de papilla porque ha perdido su dentadura, volada por un cartucho de dinamita.
Esta semana le ha tocado el turno a Carpanta. otro de mis ojitos derechos de la Escuela Bruguera. Y por fin alguien se ha dignado, Antoni Guiral, el director de la colección, en incluir alguna historieta de los almanaques navideños o de los extraordi
narios de verano (¿para cuándo algún tomo monográfico sólo con esos extras y almanaques?), esos episodios en los que Carpanta, por fin, solía comer. A Escobar también se le ablandaba el corazón en las fiestas navideñas. Como a casi todos. Las historietas de este álbum arrancan en 1967 y abarcan una buena parte de su mejor época, aunque a mí - es una cuestión particular, claro - me interesan un poco más las anteriores (entre 1961 y 1967), que es cuando más Pulgarcitos devoraba y de donde me llegan mis mejores recuerdos. Resulta también curioso rememorar las cabeceras de la publicación con el muñequito y la pajarita de marras (luego desapareció sin avisar), porque Carpanta, en el fondo un segundón de esos que tanto nos gustan en El Kiosco, fue portada muchas veces. El texto introductorio del volumen es magnífico, de Antoni Guiral, aunque no lo firme él y sigamos conformándonos con esas pequeñas letritas aclaratorias de las contraportadas que rezan "de los textos introductorios Antoni Guiral". Y quería llamar la atención sobre la cubierta: Carpanta, bocadillo en ristre, boca abierta, incisivos, sus únicos dientes, afilados, y entre sus manos un bocadillo (¿de mortadela, de jamón york, de botifarra?), a modo de flauta travesera, a punto de sucumbir ante la inminente dentellada. ¿Inminente? ... No, ni mucho menos. Sobre la cabeza de Carpanta, a menos de un palmo de su curioso canotier, una maceta repleta de flores cae incontenibe sobre ella. El impacto, sin duda, una vez más, le impedirá comer. En ese dibujo, en esa portada, está contenida toda la filosofía de Carpanta: el hombre que siempre estaba a punto de comer. Pero eso, sólo a punto. Menos en Navidad, claro.
El Kiosquero


