De petardos, kippel y cómics.
Es imposible, saben, mis improbables. Cuando llegan estas fechas mi ciudad cambia de nombre. En mi imaginario, claro. Y empieza a llamarse Kippeltown. En mi imaginario, claro, repito. Los que quieran saber el significado de este voquible (les adelanto que viene de fusionar Kippel con town) deberán sumergirse en el universo particular de un célebre escritor de Ciencia Ficción, de apellido Dick. Pero es que, la palabra kippel me gusta. Y mucho. Es consistente, tiene mucha fuerza y suena bien. Por ello he decidido emplearla en este artículo.
¿Y por qué cambia de nombre la ciudad donde habito? Pues por una razón bien sencilla. Desde finales de febrero y hasta el próximo día 20 de marzo, Valencia, paulatinamente, pacientemente, resignadamente, un día tras otro, irá cubriéndose de sucesivas capas de kippel, una sobre otra, hasta formar una especie de argamasa en la que para caminar habrá que ir sorteando esos distintos estratos de kippel; coches mal estacionados (dicho de otra forma, aparcados como Dios les dé a entender a sus propietarios en el momento justo de la maniobra); contenedores de basura desnortados; jaimas (en Kippeltown algunos las llaman carpas); restos de petardos explotados; algún "masclet" (¡horror!) sin explotar; indisciplinadas vallas metálica; botes y "botas" vacíos; botellas y "botellos", enteros o a trozos; papeles y "papelas". En resumen, kippel, mucho kippel. Y es que durante estos días, una ciudad que ronda los novecientos mil habitantes, es gobernada, perdón, desgobernada, por aproximadamente un veinticinco por ciento de su población, que es quien celebra, por decirlo de algún modo, las Fallas, y que hace y deshace con nuestras calles lo que se le antoja. El setenta y cinco por ciento restante, nos protegemos con escudos, chichoneras y tapones para los oídos. El caso es sobrevivir. Una ciudad de estas dimensiones, no puede permitirse durante muchos días más de seiscientas calles cortadas al tráfico rodado y, en ocasiones, ta
mbién al peatonal, al de la gente de pinrel, a causa de las aglomeraciones.
Con todo y con ser todo lo anterior mucho, no es lo único grave. Lo peor de todo es ese martilleo incesante de petardos que explotan durante las veinticuatro horas del día, con Luna, nubes o Sol. He llegado a cronometrar los que se escuchan desde mi casa: cada ocho segundos estalla uno. En ocasiones dos y, muchas veces, con una frecuencia menor de tiempo que, en este caso, es mayor. Una auténtica tortura. En Kippeltown durante estas fechas no hay quien duerma ni de día ni de noche, no hay quien escuche música o vea la caja tonta y, lo que es peor, no hay quien se concentre para leer. Y ya no digamos para escribir. Sólo quedan fuerzas para esconderse o para largarse de la ciudad, los que pueden hacerlo, evidentemente.
Esta misma tarde, he llegado a casa y me he tumbado decidido a derrotar al petardeo aunque fuera por un buen rato. Para ello me había provisto de un deuvedé del grupo Queen, que vendía a precio más que barato un diario deportivo de tirada nacional. Les puedo asegurar que la pólvora se ha impuesto a la música del grupo británico quien, únicamente, ha podido vencer cuando ha interpretado los últimos temas del deuvedé: ‘We Will Rock You" y "We Are The Champions". Después ha vuelto el ruido, la matraca, ... los nervios.
Y dirán ustedes, mis improbables, y con razón, que ¿cuál es la relación entre los petardos y el Cómic? Pues es bien sencilla. Kippeltown es una ciudad de marcha, nadie lo duda, lo cual quiere decir que no se lleva demasiado bien con la Cultura en abstracto. Marcha y Cultura, en cierta manera, se me antojan asimétricos, antagónicos, antónimos. Mientras caminaba por las calles, con Freddie Mercury y cía en mi bolsillo, he visto a cincuentones de corbata, chaqueta y pantalón con raya planchada, haciendo estallar unos "masclets" de mucho respeto y poniendo la misma expresión, despistada e inocente, que aprendieron en su adolescencia. Y también he visto, y esto es lo más grave y donde se enlazan los petardos y el Cómic, a algunos padres, bastantes, enseñándoles a tirar petardos a sus hijos e hijas pequeños, animándolos a prender la mecha y a tirarlos al suel
o para que exploten, exhortándolos al aplauso fácil tras el estallido. Y entonces he pensado que los adultos muchas veces no nos preocupamos por prestar atención a nuestros hijos en cosas de mayor importancia, ¡ahora no puedo, luego más tarde!, pero sí que somos capaces de aventurarles en el manejo de unas suertes que, al menos, se me antojan peligrosas. Luego me he formulado algunas preguntas: ¿cuántos de esos padres se habrán sentado con sus hijos para leerles un cuento? ¿cuántos habrán puesto en manos de sus hijos un libro o un cómic para que lo leyesen? ¿Cuántos? Me temo que muy pocos, por no decir ninguno. Qué buena oportunidad desperdiciada en tiempo y dinero. Tiempo para leer, dinero para comprar cómics en lugar de pólvora incendiaria, ruidosa, insalubre. ¡Que lástima! Pero miren, las Fallas son así. Y los nativos de Kippeltown, también.
Ya sólo me queda un ruego para esos doscientos mil valencianos que manejan el cotarro estos días: por favor, que quemen todas las fallas el día 19, que no se olviden de hacerlo, que no quede ninguna en pie. Kippeltown es una ciudad donde durante una noche al año sus habitantes provocan más de setecientos cincuenta incendios, donde los bomberos acuden a sofocarlos antes de que se produzcan. No es ‘Fahrenheit 451', pero se le parece. Y si no, que le pregunten a Bradbury.
El Kiosquero


