Los Relatos de El Kiosco: JURISDICCIÓN, capítulo 5
El americano depositó apresuradamente el bulto en el suelo y se aproximó a la ventana abierta. Por allí asomó el rostro del monarca completamente desencajado, pálido, derrotado. Respiraba dificultosamente, como si le faltase el aire. Tenía la piel erizada, de gallina, con los pelos de punta. Sudaba profusamente. Los ojos amenazaban con abandonar sus órbitas. El corazón le latía acelerado.
- ¿Qué le ocurre?
- Arf, arf, por favor, coja el paquete y ayúdeme a salir.
- Se ha puesto usted blanco, ¿se encuentra mal?
- Es que no se puede imaginar lo que he visto.
- ¿Y ...?
- Junto al Belén hay un árbol de Navidad y entre los dos hay un trozo de tela clavado en la pared.
- Perdone, Su Majestad, pero no le comprendo ¿Es usted alérgico a los trapos?
- Ni mucho menos, dijo el monarca mientras ganaba la calle y trataba de regular la respiración, pero esto es superior a mis fuerzas. Es una bandera.
- ¿Y qué?
- Es que es una bandera ... republicana.
- ¡Ah!, dijo el hombre rojo sin comprender.
- Sí, hombre sí, cómo van a entregar los Reyes Magos un regalo en una casa republicana. Esto no se hace, esto es un atentado, terrorismo puro, integrismo. Usted no lo puede entender, a fin de cuentas es estadounidense y tienen presidente. Por cierto, sin pecar de indiscreto, ¿vota usted demócratas o republicanos?
- Déjese de chismes, para ser un personaje histórico, Su Majestad tiene muchos prejuicios. Por esa nimiedad va a privar a un niño de la ilusión de los regalos. Es como si yo, porque hubiese un belén, me fuese sin dejar mi obsequio al pie del árbol.
- Lo del árbol aún tiene un pase, pero mire yo soy un hombre de tradiciones y principios. Esa bandera atenta contra la esencia de mi propio ser, de la institución que represento. Usted haga lo que quiera, pero yo no entro más en esta casa.
- Bueno, bueno, pienso que Su Majestad comete un error... en fin, si usted no quiere lo haré yo. Quite, quite.
Mientras Melchor se hacía a un lado, Papá Noël, cargado con su tren eléctrico, introdujo su obesa y roja humanidad por la ventana y llegó al interior. Vio el Belén y el árbol de Navidad y en medio de ambos la bandera republicana, roja, amarilla y morada. Avanzó de puntillas y depositó el paquete delante del abeto, junto a unos zapatos rellenos con mondaduras de naranjas y debajo de unos calcetines colgados en las ramas. Luego regresó a la ventana. Apoyó las manos en el alféizar y llamó a Melchor.
- ¡Su Majestad!
- Ya se ha salido con la suya. Ha ganado ¿No tiene bastante? ¿Qué leches quiere ahora? Disculpe, otra vez los tacos. No sé qué me ocurre esta noche.
- Es que he pensado que ya que hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no me da su tren eléctrico y le dejamos los dos paquetes?
- ¿A usted le parece procedente?
- La verdad es que no veo ningún impedimento. Nihil obstat, ¿no se dice así?
Melchor reflexionó durante unos instantes. El amigo americano parecía juicioso en sus palabras. Levantó el tren eléctrico y se lo pasó a través de la ventana abierta.
- Tome, puede que en el fondo tenga usted razón.
Apenas un minuto más tarde, Papá Noël regresó del interior de la vivienda y con inexplicable agilidad ganó la calle de nuevo. El camello, advertido por su amo, ya estaba en pie, listo para continuar con el trabajo.
- Me alegro de que haya cambiado de opinión, dijo.
- Ya veremos cómo se lo explico a Gaspar y Baltasar. En fin, ya me las apañaré.
Chocaron sus manos y cada uno siguió su camino.
Pocos minutos después cayeron los primeros copos.


