Los Relatos de El Kiosco: JURISDICCIÓN, capítulo 4
Provisto de la herramienta que le tendía su contrincante, Melchor se encaró con la ventana. La decepción fue enorme al comprobar que no servía.
- Estamos en Europa, amigo Noël, su ganzúa es americana, no sirve para estas cerraduras.
- No fastidie.
- Compruébelo usted mismo.
El rojo americano observó que el gancho no penetraba por la exigua rendija de la ventana.
- Su Majestad tiene razón, es imposible. ¿Y ahora qué hacemos?
- ¿Qué le parecería si llamásemos a un sereno?
- ¿A un sereno? Su Majestad se ha hecho viejo. Los serenos hace años que no existen. Como resultaban muy útiles, los suprimieron.
- Menuda nochecita llevamos.
Fue entonces cuando Papá Noël se acercó a la ventana, inspeccionándola con detenimiento. Comenzó a carcajearse por segunda vez.
- No creo que sea cosa de reírse, le atajó Melchor cariacontecido.
- Es que usted y yo parecemos dos tontos. Venga, venga y observe. La ventana está abierta.
- No joda... Perdone, esta palabra no debería pronunciarla yo.
- No se preocupe, yo también lo hago a veces. No sirve para nada, pero desahoga mucho.
Rivalidades aparte, resultaba evidente que un profundo sentimiento de camaradería estaba surgiendo entre ambos hombres. A lo lejos, el camello los miraba sorprendido. Aburrido, plegó sus patas y se sentó en la calzada, junto a una farola.
- Bueno, parece que la cosa está clara, dijo Papá Noël mientras introducía su juguete en el saco. Yo aquí ya no hago falta, más bien sobro. Me marcho. Tengo un par de encargos que entregar todavía en esta misma calle.
Melchor se acercó al camello y descolgó la caja del tren eléctrico. Luego abrió suavemente una de las hojas de la ventana e introdujo su pierna derecha, calzada con una babucha real, en el interior de la vivienda hasta desvanecerse completamente en la oscuridad. Papá Noël cargó de nuevo su saco al hombro y ya emprendía la retirada cuando un grito angustiado le sobresaltó.
- ¡Auxilio!
(Continuará)


