Los Relatos de El Kiosco: JURISDICCIÓN, capítulo 3
Súbitamente, a Papá Noël le sobrevino un ataque de risa, risa silenciosa para no despertar al vecindario, pero risa al fin. Melchor, desconcertado, quizá enfadado por segunda vez, preguntó:
- ¿De qué se ríe?
- De su debut. No pudieron hacerlo peor. Vaya metedura de pata y eso que en el LIBRO no pone nada, pero al final todo se sabe.
- No entiendo a qué se refiere.
- Sí, hombre, sí. Me refiero a lo del otro niño. Menuda prisa se dieron ustedes cuando descubrieron su error. Y qué modales.
- ¿Qué otro niño?
- ¿Cuál va a ser?
- Sí, eso, ¿cuál?
- Brian, el de la película.
- Eso es un infundio, una historia que alguien se inventó para desprestigiarnos.
- Ya, ya.
Papá Noël tiró de su cinturón hacia arriba con ambas manos, con energía. Los pantalones se le habían aflojado con las carcajadas.
- Bien, aceptemos que Su Majestad elige primero. ¿Lleva alguna moneda?
- Por supuesto, yo siempre llevo denarios encima.
- ¿Denarios?
Papá Noël dejó escapar una breve rechifla entre dientes.
- Sí, ¿acaso conoce el señor Noël alguna moneda mejor?
- Naturalmente, y más moderna, y con una fuerte cotización en bolsa, la mejor moneda del mundo: el dólar.
- Acabáramos, ya salió otra vez la prepotencia americana.
- Mire, Su Majestad, el denario ya no es moneda de curso legal. No circula. Lo que priva es el dólar y el dinero de plástico: la Visa. Su Majestad no se entera.
- Eso es, el dólar. ¡Qué bien! Y luego querrá que nos tomemos una hamburguesa para festejarlo. Seguro que, por aquí cerca, hay algún McDonald's abierto a estas horas.
- Oiga, esta cuestión es demasiado seria para tanto pitorreo. Además estamos perdiendo un tiempo precioso. Todavía tengo muchos otros paquetes que repartir.
- No me hable de tiempo. No vea lo que nos ha costado llegar este año.
- No me extraña, con ese camello tan famélico que lleva. Si los otros son iguales ...
- No, no ha sido por eso. Ha sido por el muro.
- ¿Qué muro?
- Ese que han levantado los israelíes para aislar a los palestinos.
- Bueno, puesto que parece que Su Majestad tiene prisa ahora, progresemos. Aquí va mi dólar.
- Y he aquí mi denario.
- Siguiendo su teoría, supongo que también tendré que aceptar su moneda porque, aunque ya no se usa, es más antigua que el dólar.
- Amigo Noël, está usted volviéndose razonable, va respetando las canas.
- Dejemos lo de las canas porque mis barbas no son precisamente negras. Supongamos que acepto su dichoso denario ¿cómo piensa entrar Su Majestad en la casa?
- ¿Y usted? Por lo que veo, la vivienda carece de chimenea.
El orondo barbudo repasó el tejado del número sesenta y cinco de la calle Pedregal. No encontró ni rastro de una chimenea. No le iba a quedar otro remedio que entrar por la ventana, solución habitual, o por la puerta, solución de emergencia y mucho menos romántica.
- Siempre me he preguntado como mete usted sus magras carnes por un conducto tan estrecho y siempre llega limpio al final. ¿Qué hace con el hollín? Además tampoco se quema nunca.
- No le voy a explicar a Su Majestad a estas alturas cómo se hacen los trucos. Bueno, acabemos ya. Tire su denario de una vez.
- Yo elijo cruz.
- No podía ser de otra manera.
- Como no quiero que piense que mi denario está trucado, le voy a permitir que lo lance usted.
- ¡Qué detalle!
- ¡Faltaría más!
Papá Noël tiró la moneda, que describió una especie de círculo en el aire. Al caer rebotó con el canto de la acera. Desde allí rodó, ante la mirada expectante de los dos personajes, hasta introducirse por la reja de una alcantarilla. El camello, que rumiaba algún resto de comida, fue testigo del sorteo. Testigo mudo, claro está. Y risueño.
- Ni cara, ni cruz, nuestro gozo en un pozo, dijo Melchor.
Luego añadió con resignación:
- Bien, supongo que ahora le toca a usted. Saque su famoso dólar y láncelo.
- Por favor, me ofende su real persona. Poco cortés sería yo si no le permitiese lanzar mi moneda a Su Majestad.
Melchor lanzó el dólar al aire. El camello, que ya no rumiaba, asistió impasible a la escena por segunda vez. Esta vez la fortuna les sonrió y la moneda, tras rebotar un par de veces en el asfalto, bailoteó levemente hasta quedar con la cruz a la vista.
- ¡Águila!, gritó victorioso el rey, o sea, cruz. Gané yo.
Su Majestad se dispuso a entrar en la casa del niño Ezequiel. Entonces comenzó a manotear ansiosadamente entre sus ropajes.
- ¿Necesita algo?
El rey permanecía en silencio mientras hurgaba en sus bolsillos. Sus mejillas se sonrojaron. Fuese cual fuese el objeto de su búsqueda, no lo encontraba. Papá Noël reparó en el apuro del monarca.
- Espere, le prestaré la mía.
- Ah, pero usted ¿también lleva?
- Por supuesto, los americanos, como usted nos llama, siempre estamos preparados para todo.
- Ya veo.
(Continuará)


