Miss Lace y P ' Gell: dos vampiresas del Cómic.
Quizá el término vampiresa sea un poco excesivo, especialmente para la primera de las dos heroínas sobre los que me propongo escribir hoy: Miss Lace y P'Gell, pero de todos modos me parece palabra adecuada para generalizar. De siempre me fascinaron ciertos personajes del llamado - mal llamado - sexo débil del cómic: cualquiera de las mujeres creadas por Manara o Lauzier; la "inocente" Sally Fort de Wally Wood; la seductora y cantinera Chihuahua Pearl de Giraud; la aventurera Isa de Bourgeon; la Falbala de Uderzo, amor imposible de Obélix; las voluptuosas chicas de alterne del Luca Torelli de Bernet; las enigmáticas, con pasado dudoso incluido, de Hugo Pratt (o tal vez deba decir de Corto Maltés) o las dos mujeres citadas al principio como objeto de este artículo. Nunca pude, sin embargo, con la Valentina de Guido Crépax. No me pregunten por qué. No lo sé y no voy a perder tiempo en averiguarlo. Probablemente, el hecho de que no me interesasen las historietas ni la estética del autor milanés tenga bastante que ver en ello.
Miss Lace (en castellano, la señorita Encaje) es obra del dibujante norteamericano Milton Caniff. Las tiras de Miss Lace, recogidas en una historieta cuyo título era ‘Male call', tienen su origen y su motivo en la Segunda Guerra Mundial. El gobierno norteamericano, preocupado por la "salud mental" de sus combatientes, decidió incluir algún tipo de divertimento gráfico en forma de historieta, en los boletines informativos que se editaban en cada campamento. De este modo, en 1942 se reunió un grupo de dibujantes y guionistas para preparar material con que abastecer las tiras que aparecerían en estas ediciones. La verdad es que a la juventud estadounidense que luchaba en el frente, que había crecido leyendo cómics, nada les parecía más natural que la inserción de estas series en los "periódicos militares". El propio Caniff, en la recopilación íntegra de las 152 tiras de ‘Male Call', que Toutain Editor lanzó en España en el año 1982, hablaba de su trabajo: "Durante la guerra, en los más apartados rincones del mundo, fueron una importante distracción (aunque fuera tan sólo de uno o dos minutos), un paréntesis de optimismo que sería para hacer olvidar momentáneamente la depresión que a todos nos rodeaba. La finalidad básica de esta serie concreta fue darle a la tropa de todas las armas un personaje que fuera exclusivamente suyo. Por esta razón, la tira nunca fue publicada en revistas o periódicos "civiles"".
Lo primero que debemos hacer, cuando nos enfrentamos a las historietas de este singular personaje, es formularnos una pregunta: ¿qué demonios hacía una mujer tan espléndida como ella en un campamento militar durante la II Guerra Mundial? Y la respuesta sólo puede ser una: nada. Pero como esta respuesta no es aceptable, hay que buscar otra explicación. Y ésta no puede ser otra que la de levantar la moral a la tropa, entretenerla, hacerla sonreír. Y a eso, precisamente a eso, se dedica Miss Lace. Nue
stra heroína aparenta una cierta ingenuidad. No va pidiendo guerra a gritos, antes bien lo contrario. Pero cuando el guión lo exige, la Miss no recula. No regatea sus favores pero tampoco los exhibe. Se desenvuelve con soltura y familiaridad suficientes. Es la suya una postura ambivalente, pues no dudará en irse con algún soldado, preferentemente de la tropa, necesitado de "cuidados especiales", al tiempo que, para guardar las apariencias, también simulará hacerlo cuando algún soldado la requiera para favores menos sensuales, tales como que le prepare una sencilla tarta. A lo que ella responderá: "Bien, estamos en guerra ... ven a casa mañana bien entrada la noche ... ¡Debo mirar por mi reputación!" Es sin duda esa actitud suya, lo que la convierte en objeto de deseo de todos los soldados de la isla donde Caniff radicó sus historietas.
Miss Lace participa también de la vida diaria de los militares. Es frecuente verla inmersa en partidas de juegos de azar, desplumando a los soldados de sus cigarrillos rubios, mientras ellos la animan a seguir lanzando los dados para que sus pupilas gocen, chispeantes, deseosas, con el generosa balaustrada pectoral de la protagonista. Escotes, ligueros, pelo largo y negro, vestidos ajustados, fundamentalmente sin tirantes, pestañas rizadas hasta lo imposible por un rímel también negro y labios perfilados y brillantes caracterizan a Miss Lace. En esto, en los rasgos, ‘Male call' no se aparta un ápice de los modelos femeninos trazados por el dibujante estadounidense en sus otras historietas, Dragon Lady y Burma, modelos que él mismo describe con argumentos sólidos: "Mis personajes femeninos son exuberantes y preciosos. A ambos sexos les encanta ver a mujeres hermosas haciendo cualquier cosa. Se ha dicho con razón que el noventa y cinco por ciento del interés de cualquier obra de ficción se centra en lo que les sucede a los miembros femeninos del reparto". Miss Lace se despidió de su público en 1946, al acabar la Guerra, con esta frase: "Siempre que me necesitéis estaré a vuestra disposición". Y ya sólo me cabe añadir una digresión antes de pasar a la siguiente protagonista: ¿conocería Vargas Llosa a Miss Lace antes de escribir su famosa y divertida novela ‘Pantaleón y las visitadoras'? Yo apostaría a que sí.
Muy diferentes es P'Gell, la eterna vampiresa - a esta sí que le cuadra el térm
ino con absoluta propiedad - de las historietas de The Spirit, obra de Will Eisner. ¿Quién no escuchó nunca la frase: "¡Es P'Gell!"? Sin duda que ningún buen aficionado al noveno arte ha escapado a estas palabras. Al oír ¡P'Gell! tiemblan puertas y ventanas, pistolas y balas, piernas y corazones, policías y ladrones, ratas y cloacas de Central City. Nunca se pronuncia este nombre a la ligera en viñeta alguna. Jamás. Todo lo contrario, siempre suena escoltado por esos signos de admiración, porque P'Gell siembra intranquilidad, zozobra ... y deseo. Un deseo irrefrenable que ha llevado a la tumba o a la ruina, o a ambas cosas a la vez, a un montón de hampones, de joyeros, de banqueros, de hombres de negocios, trasnochados "viejos verdes" que no se conforman con sus ingresos, lícitos e ilícitos, sino que, llevados por una ambición insaciable, también desean participar del cuerpo, más prometedor e insinuante que otra cosa, de P'Gell. Allá por donde aparece la vampiresa suenan las trompetas de la gloria, de las promesas inexistentes, de la codicia, de la avaricia y del asesinato. Un asesinato del que, por una causa u otra, ella siempre sale indemne y en el que además, en la mayoría de ocasiones, sirve al culpable en bandeja a los pies planos del comisario Eustache P. Dolan. Gracia que tiene la chica.
P'Gell es un personaje completamente reiterativo en The Spírit. Incluso en la nueva continuación de la serie, esa que con periodicidad mensual viene editando Norma Cómics desde este año, la recurrencia a esta mujer por parte de los distintos dibujante que la ilustran es más que asidua. E irrenunciable. Porque The Spirit es difícilmente comprensible, como cómic, si, de vez en cuando no aparece la silueta sinuosa y contoneada de P'Gell, que además tiene comida por los celos a Ellen, la hija de Dolan, eterna novia del hombre del traje y sombrero azules, del antifaz negro y corbata roja.
P'Gell muestra idénticos labios brillantes y pestañas rimeladas que Miss Lace. Sus cabellos son una melena, corta y ensortijada, bañada en reflejos pelirrojos. Su figura es atractiva, más estilizada que la de su competidora de hoy, realzada siempre por unos vestidos largos con medias lunas a la altura de los pechos y zapatos de tacón. Sus poses son absolutamente postizas. P'Gell actúa constantemente: cuando habla, cuando ríe, cuando llora, cuando fuma, cuando convence, cuando camela ... Y la cosa no le va mal: siete maridos arruinados, algunos también muertos como escribía más arriba, así lo atestiguan.
La ideología de P'Gell está clara, no admite dudas. En los bocadillos de una viñeta podemos leer: "¡Qué mujer: sólo te importa el dinero" Y ella, sin despeinarse, pestañas abajo, mirándose las uñas, responderá: "No ... También están las joyas, las acciones". Pura humanidad, puro desinterés, todo altruismo como observarán esta P'Gell.
Y para resumir las similitudes y diferencias entre estas dos féminas, yo diría que la una, P'Gell, trastorna y descoloca, mientras que la otra, Miss Lace, consuela y reubica. Al personal del género masculino, claro.
Claro, claro.
Hermezo ______________________________________________________________




