Hace muchos años, el que suscribe no podía imaginar que, una húmeda tarde de febrero de 2008, se encontraría leyendo tranquilamente un cómic (o tebeo) en el edificio estudiantil más emblemático de la capital del Turia: el de la Universidad de Valencia, ése que muchos conocemos simplemente como la Universidad de la calle de la Nave o la Universidad vieja. Esto, lo de la lectura comiquera, cuando yo estudiaba, hubiera sido considerado casi una irreverencia académica lindante con la herejía. ¡Un tebeo en un claustro universitario, qué horror! ¡A dónde vamos a parar! ¡Perdona a tu pueblo, Señor!, etcétera. Hoy, afortunadamente, leer tebeos es algo normal en cualquier parte aunque, por desgracia, todavía minoritario.

Y, a todo esto, ¿qué demonios hacía yo disfrutando con un cómic en el templo del saber? Pues sencillamente esperaba al autor de ’36-39. Malos tiempos’, el álbum que sostenían mis manos. A estas alturas resulta completamente superfluo presentar a Carlos Giménez, probablemente el dibujante español más importante de los últimos cincuenta años, sin menospreciar a la nómina de enormes profesionales que pueblan la historia del cómic hispano. El madrileño venía a nuestra ciudad para presentar su última obra, la que yo leía, dentro del Ciclo de Conferencias ‘València, Capital de la República 1936-39’, organizado por el Fòrum de Debats del Vicerrectorado de Cultura de la universidad valenciana.

Giménez llegó puntual, acompañado por ese incansable crítico-ensayista-escritor y, sobre todo, lector de cómics que se llama Álvaro Pons. Los tres nos sentamos alrededor de una mesa cafetera, mientras Nacho Marín disparaba su cámara digital a diestro y siniestro y la grabadora oficiaba como testigo mudo (su turno de palabra llegaría más tarde). Y ya que la memoria nos había reunido allí, comenzamos a conjurarla para recordar cosas del pasado más lejano.

- Carlos, ¿de dónde arranca tu pasión por dibujar tebeos?

- En mi época, al igual que las demás profesiones, lo de dibujar tebeos era algo muy vocacional y comenzó muy pronto. Cuando a los cinco años entré en el colegio y a pesar de que mi casa era muy humilde, yo ya confeccionaba mis tebeos. Hacía los dibujos propios de un chaval de esa edad, camiones y cosas así. Y no creas que en los colegios había estatuas o cuadros que estimulasen la imaginación artística, como tampoco había juguetes. Nada de eso. Sin embargo y curiosamente sí entraban tebeos, que entonces eran algo muy popular y barato y, en consecuencia, algunas madres y padres se los llevaban a sus hijos. Yo los leía y eso constituía el caldo de cultivo más adecuado para mi vocación.

- Pero para dibujar hacen falta unos materiales mínimos: papel, lápiz, goma ... en aquellos tiempos de escasez, ¿cómo los conseguías?

- La procedencia era la misma que los tebeos: los padres y madres que llevaban cosas a sus hijos, que terminaban siempre en manos de quien más las deseaba. Yo las cambiaba por cromos o por cualquier otro objeto. A mí nunca me faltó papel ni tebeos, que guardaba en el interior de una carpeta.

Quédense con el detalle de la carpeta, mis improbables lectores. Volverá a salir más adelante. Giménez exprimía al máximo su ingenio para conseguir tebeos. No llegó a robarlos, los mendigaba, los pedía o los cambiaba por comida. Y construía sus propios formatos para dibujarlos.

- ¿Cómo los hacías?

- Con cuartillas de papel. Las partía por la mitad, las doblaba después en dos y de ahí salía un cuadernito de cuatro hojas y ocho páginas – Giménez escenifica con sus dedos sobre la mesa, como si fuera entonces, el plegado de las hojas – . La primera era para la portada y en la última ponía siempre: "próximo número titulado equis. Compradlo, adquiridlo" – risas –.

Carlos conserva la misma sonrisa pilla que uno encuentra en las fotografías de su web o en las contraportadas de sus primeros álbumes. Sus ojos, ahora protegidos por el cristal de las gafas, se le iluminan vívidos y aunque sin duda conoció tiempos duros y difíciles, los recuerda con agrado.

- Es evidente que tu formación fue completamente autodidacta.

- Casi todos los dibujantes de entonces somos autodidactas. Muy pocos pasaron por academias. Te pones a dibujar y luego la misma profesión te va formando. Trabajar mucho es la mejor escuela. Empiezas copiando hasta que consigues soltarte y crear tus propios dibujos. Si además has tenido la suerte de trabajar como ayudante de alguien, como fue mi caso, aprendes otras cosas.

Pero los años del colegio pasan, se esfuman y vuelve la vida afuera, la posPosguerra de las calles de Madrid. Hay que trabajar para vivir, para ayudar en casa.

-¿Cómo conseguiste tu primer empleo como dibujante?

- Mi primer trabajo lo conseguí a través de un amigo del barrio, cuyo padre trabajaba en la Editorial Rollán, que además de novelas editaba los tebeos del ‘F.B.I.’ Este hombre llevó allí mis dibujos y les gustaron. Yo tendría entonces diecisiete o dieciocho años. Un día me entrevisté con Manuel Rollán, que era el dueño, y me presentó al dibujante López Blanco. López Blanco pensó que yo le podía servir de ayudante y me tomó a su cargo. Comencé dibujando pequeñas cosas: los arbolitos del fondo, las esquinas de las casas, los rellenos. Con este hombre yo aprendí mucho, no sólo del dibujo sino también de la vida, de las Humanidades. Él fue para mí un maestro en el sentido griego del término. Le recuerdo con mucho cariño. Era respetuoso y respetable y muy culto también.

-Tú, desde hace años, trabajas solo pero durante un tiempo colaboraste con guionistas, ¿qué prefieres: hacer todo el trabajo por ti mismo o en comandita?

-Prefiero trabajar solo y eso que he colaborado con guionistas de la talla de Ivá, Medina o Víctor Mora. Construir tus propios guiones tiene de complicado que haces las dos funciones, pero al firmar te responsabilizas de lo tuyo. Porque no siempre estás de acuerdo con lo que ha preparado el otro. Hasta que yo no hice mis propias historietas completas, no me sentí totalmente satisfecho con mi trabajo. Es mi estilo, mi sello. Cuento lo que quiero contar y como quiero contarlo.

Las etapas de Carlos Giménez como dibujante se consumen rápidamente: cómics de Guerra, de romance, ‘Buck Jones’, ‘Tom Berry’, ‘Kiko 2000’, ‘Jerry Ley y su caballo Coronel’, ‘Iris de Andrómeda’, ‘Drake & Drake’, ‘Ulysses’, ‘Gringo’, ‘Ray 25’, ‘Delta 99’, ‘Dani Futuro’ y llega un día crucial: comienza a dibujar en ‘El Papus’ que, al revés quiere decir ‘El Pupas’, una revista satírica y neurasténica.

- ¿Cómo llegaste a ‘El Papus’?

- Había enviado dibujos para ‘Muchas gracias’ y entonces me encargaron una historieta sobre el caso de la Lockheed. Querían algo gracioso sobre aquel escándalo de aviones, pero no se me ocurría nada. Después de pasar una semana sin resultados, llegó la fecha tope: al día siguiente tenía que entregar mi trabajo y la página seguía en blanco. Pasé toda la noche dibujando y así nació la primera historieta de ‘Paracuellos’. La llevé y se quedaron desconcertados porque en lugar de algo cómico encontraron unas páginas trágicas, llenas de niños tristes. Pero la revista entraba ya en máquinas y las incluyeron. Ni corto ni perezoso, a la semana siguiente repetí, pero a la tercera entrega me dijeron que no dibujase más para ellos. Como yo tenía un amigo que trabajaba en ‘El Papus’, acudí a la redacción con la idea de publicar ‘Paracuellos’. No les interesó, pero pasé a formar parte de la revista y comencé a trabajar sobre temas de actualidad.

Es posible que entonces no se valorase la situación con exactitud. La inmediatez del momento nunca permite analizar las cosas con claridad. Pero ahora, con la perspectiva de la memoria, con el tiempo pasado a cuestas, las historietas de Carlos Giménez publicadas en ‘El Papus’, esas citas semanales de dos páginas en blanco y negro, reunidas posteriormente en los álbumes ‘España, Una’, ‘España, Grande’ y ‘España, Libre’, le asignan un papel muy especial en los albores democráticos de nuestro país, un papel relevante por el modelo narrativo que utilizó para mostrarnos aquella época: el tebeo.

- Tus historietas de ‘El Papus’ te convirtieron en el cronista gráfico de la Transición.

- Bueno, yo colaboraba en una revista política, que comentaba las cosas que iban ocurriendo. Inevitablemente cuando transcurre un año y pico dibujando historietas durante una época concreta que, además, es la Transición, al echar la vista atrás es cuando te das cuenta de que te has convertido en el reportero de aquella etapa histórica.

- ¿No sufriste amenazas por tu trabajo en ‘El Papus’?

- Los Guerrilleros de Cristo Rey personalmente no me atacaron, pero no hay que olvidar que dinamitaron El Papus. Y a mí no me ocurrió nada porque no me pilló dentro.

Y en plena vorágine publica ‘Paracuellos’, el niño de la trompeta, los hogares del Auxilio Social, los instructores de dudosa pedagogía, peor reputación e indudable ideología, los zapatillas, la leche en polvo, los mendrugos de pan, el yugo y las flechas ... ‘Paracuellos’ un álbum distinto, retrospectivo e introspectivo.

- ¿Carlos, este álbum marcó un hito en tu carrera?

- Cuando empecé a dibujar ‘Paracuellos’ no lo quiso nadie: ni ‘Muchas Gracias’, ni ‘El Papus’, como ya te he dicho, ni el editor Toutain que, sin mirarlo siquiera me preguntó si no traía nada más. Por fin, Amaika editó el primer álbum pero sin demasiado interés y un ejemplar cayó en manos del editor de Fluid Glacial que estaba en España. Lo leyó y me localizó para decirme que quería publicarlo. Al editarse en Francia aquí alcanzó cierta repercusión y, enseguida, ya querían comprarlo todas las editoriales españolas.

Cuando allá por el pasado mes de abril reseñé para SIGLO XXI ‘Todo Paracuellos’, el recopilatorio de Random House Mondadori, donde se recogen los seis álbumes de la serie en un solo tomo (colección ‘DeBolsillo’), hubo algo que se me pegó a mi conciencia: los ojos tristes de los chavales de los hogares.

- Carlos, ¿existen realmente niños con esas miradas?

- No lo sé. Imagino que no hay niños así porque de existir serían monstruos de feria, ¿no? Pero lo que se llama el expresionismo, la forma de caricaturizar aquellas miradas me sirvió para subrayar y expresar algo que, de otro modo más realista, no hubiera podido llevar a cabo.

Después de ‘Paracuellos’ llegó ‘Barrio’, el punto y seguido de ‘Paracuellos’, la España de la posGuerra, tiempo de hambre y escasez, del aprendizaje de la calle, del estraperlo, de las chabolas, de los pistoleros, de las prostitutas, de la OJE, de Francisco Franco Pérez y de don Herminio, de Poli, La Pepi, Bernardo y tantos otros.

- ‘Barrio’, como ‘Paracuellos’, es autobiográfico, tú has sido un pionero en esto de utilizar el cómic como un medio para la autobiografía, algo que está muy de moda ahora.

- Yo he hecho la Memoria Histórica antes de que nadie pensase que se iba a llamar de ese modo. Utilicé la mía para recordar las cosas recientes de la historia de España. Así nacieron estos dos álbumes. Y allí ya no sólo aparecía Carlos Giménez y su calle, sino otras personas que también vivieron aquello. Y aparecen porque yo he mendigado historias, le he pedido a mucha gente que me contara su vida de entonces. Es mi forma de trabajo. Cuando tengo un tema busco información directa. Con ‘Los profesionales’ me ocurrió igual. Junté a cuatro amigos en una mesa, alrededor de una botella de whisky y unas almendras, y empecé a preguntarles, a tirarles de la lengua para que hablasen.

- Y lo consigues, porque tu información es de primera mano, testimonial, ‘in situ’.

- Me gusta mucho cuando alguien me pregunta si lo que cuento es verdad. Les respondo que no, que me lo he inventado. Pero ellos no me creen. Y eso es porque lo que yo digo rezuma autenticidad por todas partes. Siempre he huido de las historietas con las que yo me crié y que me gustaron mucho cuando era niño, como por ejemplo las de la Policía Montada del Canadá. Pero son tebeos que no leería de adulto porque cuentan situaciones inverosímiles, como por ejemplo, el cuchillo que el héroe lleva en el pecho mientras un oso le abraza o el palo que coloca el explorador en la boca de un cocodrilo cuando le va a devorar. Narro las cosas tal y como me han sucedido a mí o como me las han contado. Mis historietas tienen que ser ciertas. Ahí está la diferencia. También me gustaría hacer una historia divertida, del tipo del camionero que llega a casa y encuentra a la mujer con su primo en la cama. Pero eso no le interesa a nadie. Sin embargo, si eso te lo cuenta alguien que lo ha vivido, la cosa cambia. Si lo hago yo es inventado, pero si escribo lo que me dicen es verosímil porque yo me lo creo también y lo dibujo. Así resulta convincente.

Y ahora, en un salto atrás en el tiempo, pero que a la vez es hacia delante, te descuelgas nada menos que con una tetralogía, cuatro álbumes sobre la Guerra Civil Española.

- ¿Cuál ha sido la génesis de ‘36-39. Malos tiempos’?

- Tengo repartida mi vida y voy guardando las cosas que me han sucedido en carpetillas – ya les advertí que volverían a salir –. De este modo manejo pequeños dossieres que pueden convertirse en alguna serie. El tema de la Guerra Civil quería haberlo hecho al cumplirse los cuarenta años. Incluso empecé a dibujar una historieta, pero claro yo no viví la Guerra, no la conozco y carecía de material propio. Necesitaba que alguien me la contase, pero que me la contase bien, con suficiencia, para que sonase a verdad. Y hablando con un amigo hace poco, me di cuenta él sí la había vivido. Y empezó a contármela desde el punto de vista del niño que él era entonces. A partir de ahí, junto con otras historias colaterales que me llegaron y con libros que consulté, vi que ya disponía de suficiente material para trabajar.

- Pero ¿por qué precisamente cerrar el círculo abierto con ‘Paracuellos’ y ‘Barrio’ con la Guerra Civil y no con algún acontecimiento histórico posterior?

- Mi interés por ir hacia atrás es muy sencillo: si yo he retratado la posguerrra con esas dos obras, que son resultado o producto del Franquismo, por qué no hablar del origen de todo ello que era la Guerra. Porque no podemos olvidar que venimos de ahí y que el Franquismo se inventó durante la contienda. Por eso decidí añadir una pieza más al puzzle, conectándolo con algún personaje que aparece en ‘Barrio’, haciéndome un autoguiño.

- Has preferido contar la historia de los de a pie, de los de la calle, de la gente gris, sin un protagonista fijo, con pinceladas sueltas.

- Lo bueno que tiene el relato corto, en contra del relato río, es que cuentas una cosa y ya está, o sea, picas y te vas. La novela río te obliga a incluir muchos espacios de situación: el verano, el invierno, etcétera. Narro las anécdotas por separado tal y como me las contaron, porque a mí la información me llegó también cronológicamente desordenada. No buscaba la Guerra de fechas, de batallas, de personajes, de políticos, me interesaba explicar cómo duele la bomba cuando te cae en la cabeza, cómo te sientes cuando tu hijo se está muriendo de hambre, cómo pican los sabañones, todas esas cosas sencillas pero reales y ciertas.

- Cada español tiene su Guerra Civil particular, ‘36-30. Malos tiempos’ es tu visión de la Guerra o es algo más?

- Nunca he sido neutral. Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad. Soy quien soy y cuento lo que sé. Me interesa la Guerra desde el punto de vista de la puta Guerra, de la mierda de la Guerra, de lo injusta que fue. Y fue injusta porque los que tenían las pistolas para defender a la población la usaron contra los que no tenían armas. ¡Qué fácil fue ese golpe de estado! Y además utilizaron pistolas pagadas por el pueblo. Dieron el golpe porque no les interesaba que las cosas cambiasen. Si te fijas en los carteles de la República, muchos fueron hechos para invitar a que la gente aprendiese a leer. Ellos no querían que la gente supiera leer porque una persona que lee piensa, analiza y toma decisiones. Pretendían que todo continuase igual. Un obrero que no sabe leer es mucho más fácil de manejar. Por eso quemaban bibliotecas y mataban maestros.

- Pero la Guerra, no sólo la española, es una situación propicia para la barbarie, también hablas de eso en tu obra.

- Indudablemente, en la Guerra se levanta la veda y cuando eso ocurre, aflora el criminal que todos llevamos dentro. Individualmente somos buenos, pero en manada, terribles. Y eso ocurrió, con matices, en ambos lados de las trincheras.

- Hablemos de anécdotas, ¿has escuchado alguna que te haya llamado la atención particularmente?

- Una cuñada mía me dijo que había visto a un tipo correr sin cabeza durante un bombardeo de los nacionales. Sobre esto mismo, otra persona me contó que, mientras las bombas volaban muy rasantes sobre la glorieta de Atocha y la gente corría, al entrar en el metro un obús le arrancó la cabeza a un hombre. Después explotó en el subterráneo, mientras el cuerpo decapitado terminaba de bajar los escalones.

El segundo álbum de la tetralogía mantendrá el título del primero incorporando el siguiente ordinal romano (II) y se publicará pronto. Probablemente en el próximo mes de marzo.

- Y ¿qué vendrá después, Carlos?

- Pues, mira, ahora tengo un problema. Una vez finalizado todo lo de la Guerra, cualquier tema que me planteo me suena baladí. Así que, de momento, no sé qué vendrá después.

Todavía intercambiamos algunas frases más of the record sobre cómics y otras cosas. Me dedicó los álbumes que le había llevado, "dame, dame, que llevo un lápiz muy bueno para estas cosas", y, acompañado por el Carcelero de Papel, se dirigió al aula donde un montón de incondicionales suyos, de la cultura y de la Guerra Civil, le aguardaban impacientes por escucharle. Cuando salió de la cafetería y mientras plegaba bártulos, dos palabras acudieron a mi mente: profesionalidad y sinceridad. Gracias, Carlos, y hasta la otra.

__________________________________________________________________Hermezo

(Publicado en SIGLO XXI, el 28/02/08)