Los perros de URDA

Si cuando escribía sobre José Coll me refería a la dignidad de las suelas de zapatos, al hablar de Manuel Urda Marín (Barcelona, 1888-1974) resulta indispensable mencionar las extremidades de sus personajes. ¿Alguien conoció piernas más curvadas que las dibujadas por Urda? Yo, no, desde luego. Sus criaturas me parecían recién descabalgadas de una carga del Séptimo de caballería, sin olvidar la amenaza latente de hundimiento por su centro de gravedad que pendía sobre ellos. La propia amplitud del arco de sus piernas, sin embargo, obraba el milagro y mantenía el equilibrio sin derrumbes.

Otro aspecto que definía el estilo de Urda eran sus perros, esos perros callejeros, solitarios, normalmente blancos o grises, moteados a veces, con las orejas enhiestas como notas musicales, que miraban la escena desde la esquina de una viñeta o detrás de una farola viuda. Y las preguntas que me asaltan ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido, son varias: ¿qué observaban esos perros? ¿A quién representaban? ¿Qué significaban? Alguna explicación freudiana se escondía detrás de esos canes anónimos. Seguro.
Como Coll, Urda no tuvo personajes fijos. Lo suyo eran historietas de una página o de media, recuerdos de tiempos pasados, chistes en una sola viñeta, a veces un óvalo o un círculo inscritos en un cuadrado, o los rompecabezas, donde el lector ponía a prueba su ingenio para encontrarobjetos escondidos entre las trampas de un dibujo engañoso.
Manuel Urda Marín, aunque comenzó a trabajar en las revistas
No sé si sería por sus diálogos, por su propia caricatura o por la nostalgia que respiraban muchos de sus imágenes, pero lo cierto es que a menudo Urda me hizo pensar en un ilustrador de otra época. Lo que no es un menosprecio, sino simplemente constatar que ante mis ojos tenía un artista distinto, una "especie en vías de extinción", un testigo de otros momentos.


