Los eternos Reyes Magos, por Carlos Bech

Carlos Bech Abadías trabajó para Bruguera y más tarde en el semanal TBO, donde durante varios años publicó una especie de cuentos ilustrados, habitualmente humorísticos y con moraleja. Era la suya una cita semanal entrañable con los lectores, una página plagada de tipos despistados, honrados y maleantes, confundidos o desconfiados, donde el equivoco fácil te aguardaba a la vuelta de la última viñeta. Bech fue guionista y escribió los textos que varios otros compañeros (Salvador Mestres, Castanys, Olivé, Antonio Mestre y Batllori Jofré) ilustraban. Sus escenas eran "mudas", esto es, carecían de bocadillos, y los dibujantes plasmaban las reacciones de los personajes de un modo elocuente. Cada viñeta incorporaba la narración al pie de la misma o en alguna de sus esquinas, al estilo de Harold Foster y su ‘Príncipe Valiente’.
En el Almanaque del TBO para el año 1972, Carlos Bech publicó un cuento muy breve, ilustrado por Olivé, titulado ‘Los eternos Reyes Magos’. Dada la proximidad de esta fiesta, una vez que el pesado gordito barbudo de la Coca-Cola se ha marchado ya a sus frías latitudes, lo transcribo íntegro a continuación.
Aquella noche, después de haber ido a adorar al Niño Dios y a obsequiarle con presentes, tres soberanos de Oriente recorrieron en silencio las casas más humildes de un pequeño poblado y dejaron los regalos que les sobraban dentro de las albarcas puestas a secar en las ventanas.
Desde entonces, esos tres viejecitos no han descansado nunca. En su despacho ultraterreno, pasan el año entero anotando pedidos en sus voluminosos libros, llevando una estadística del comportamiento de los solicitantes, haciendo preciosos envoltorios atados con artísticos lazos de seda, cuidando sus camellos y luchando para que la polilla no destruya sus mantos de armiño.
La vejez de Melchor, Gaspar y Baltasar solamente se advierte por la blancura de sus barbas. A Baltasar, como es de color, no se le notan tanto las arrugas. Pero los tres son viejos, muy viejos.
La víspera del día 6 de enero, se lanzan con sus camellos a recorrer la Tierra, salvando elevadas montañas, húmedos valles y caudalosos ríos. Y, así, recorren leguas y leguas, en una marcha agobiante, de trayectoria infinita, sin dejar ni un palacio ni una choza sin juguetes.
Los tres Reyes Magos están viejos y cada año llegan al colmo del agotamiento. Hace cientos de años, desde que fueron a adorar al Niño Jesús, que realizan ese esfuerzo de Hércules. Sus mejillas se derrumban, ya cansadas sobre las blancas barbas. Sus miradas son opacas bajo el matorral de las cejas... Entonces, y sólo entonces, si los viéramos tan extenuados como van, pensaríamos que es su último año..., que el año próximo ya no volverán.
Así los encuentra el alba el día 6. Pero, de pronto, un calor intenso, reconfortante, les llega de la Tierra, inundando todo el cielo. Un calor de vida, que vuelve a encender el brillo de sus apagados ojos... Es el calor que irradian millones de estrellas, que, esta vez, no se han encendido en el cielo, sino allá abajo, en la Tierra. ¿Estrellas en la Tierra? Sí. Son miles y miles de pares de ojos de niños que contemplan asombrados el MILAGRO. Por eso, merced a ese calor de ternura y de fe, es que los Reyes Magos se conservan rozagantes, erguidos, sonrientes... ¡Eternos!
¿No habéis sentido nunca ese calor infantil del que habla el cuento? Después de releer este texto, 35 años después, uno reflexiona y se pregunta cómo no nos íbamos a creer lo de los Magos cuando éramos pequeños. Naturalmente que sí. Carlos Bech no dejó ni un solo cabo suelto, ni un resquicio para la duda en esta historia. Ni uno. O eso me parece a mí.

Historieta de Carlos Bech, ilustrada por Batllori Jofré ("Comic creator").


