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La Coctelera

Categoría: BRUGUERA

‘By Vázquez. 80 años del nacimiento de un mito’ de Antoni Guiral: un excelente e imprescindible trabajo.

Antoni Guiral es, sin duda, una de las personas que más sabe de cómics en el estado español. Y, también sin duda, el que más ha trabajado los entresijos de aquel emporio comercial que significó la Editorial Bruguera desde los años cincuenta en adelante. Bruguera facilitó el entretenimiento a miles de niños españoles, entre los que me cuento, que seguíamos las aventuras de sus personajes más famosos: Carpanta, Zipi y Zape, Petra, Gordito Relleno, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, Las hermanas Gilda, Carioco, 13 Rue del Percebe, el Profesor Tragacanto, Pepe el Hincha, Sir Tim O’Theo y tantos otros más.

De un tiempo a esta parte, afortunadamente, y gracias a la actividad desarrollada por Guiral, la sociedad española parece que está saldando una parte de la deuda que, sin saberlo, contrajo en su día con Bruguera y todos sus dibujantes (Vázquez, Escobar, Peñarroya, Conti, Ibáñez, Cifre, Schmitz, Segura, Raf, etcétera), que nos ayudaron a sobrellevar con un humor, aparentemente infantil, los años de la posguerra que, a la postre y tras la muerte del dictador, desembocaron en la democracia que somos hoy. Sin su existencia, es posible que todo se hubiera desarrollado igual y también es posible que no. Nunca lo sabremos. Especular no es el objetivo de la Historia. Pero lo que resulta indudable es que aquel puñado de genios de la pluma y el guión, a través de sus peripecias, ayudaron a conformar un espíritu crítico, aunque soterrado, para comprender mejor la época que nos tocó vivir. Porque, debajo de aquellos trazos, de aquellos tebeos, de aquellas viñetas, de aquellos bocadillos, de aquellos personajes, se escondía un profundo análisis de la realidad española que no siempre la censura, inquisitorial y torticera, pudo silenciar.

Precisamente de uno de aquellos genios es de lo que se ocupa Antoni Guiral en su libro ‘By Vázquez. 80 años del nacimiento de un mito’, publicado por Ediciones B, en el que el investigador e historiador catalán analiza con profundidad y rigor la obra de este dibujante. Manuel Vázquez Gallego, nacido en Madrid (1930) y fallecido en Barcelona (1995) se afincó pronto en la ciudad condal, donde desarrolló su carrera hasta el momento de su muerte. Y digo hasta el momento de su muerte, porque Manuel Vázquez no dejó nunca de dibujar hasta que la parca, envidiosa y en forma de embolia, vino a llevárselo de este mundo para que pudiera dibujar historietas en el otro.

La figura de Manuel Vázquez últimamente se ha puesto de moda. La película ‘El gran Vázquez’, dirigida por Óscar Aibar y protagonizada por Santiago Segura, ha contribuido de modo notable a ello. Sin embargo, creo que este libro de Antoni Guiral del que les hablo hoy, mis improbables, es el que mejor define quién fue Vázquez como persona y como dibujante de tebeos. Precisamente por lo que leemos en ‘By Vázquez’ podemos concretar que el dibujante madrileño fue un tipo singular, problemático en su tiempo que, sin duda carente de los afectos propios de una infancia más tradicional, transitó por la vida sin demasiados escrúpulos. Como diría Joaquín Sabina en una de sus canciones: “Si la vida se deja, yo le meto mano” y eso es lo que hizo Vázquez, meterle mano hasta donde pudo o hasta donde la vida se dejó, que viene a ser parecido.

Desde el punto de vista artístico, Vázquez fue un dibujante innovador, que no sólo se introdujo físicamente en algunas de sus historietas, como el propio Josep Escobar hacía también en las suyas, sino que creo su propia leyenda y su propio personaje, al que caracterizó como el eterno deudor. Y algo de ello debía ser cierto porque uno de los personajes de ’13 Rue del Percebe’, en concreto el moroso de la azotea, está inspirado directamente en él. Ante aquella puerta infranqueable, semana tras semana, y mientras un gato malvado torturaba y aterrorizaba a un perro plácidamente idiota, se agolpaban los acreedores sin ver jamás un duro. La galería de personajes creada por Vázquez es inagotable. No se pueden citar aquí todos. Bastan unos cuantos: Anacleto, Las Hermanas Gilda, Angelito -¡Gu-gu!-, La Familia Cebolleta, La Abuelita Paz …. Con la llegada de la democracia y ante la crisis económica de Bruguera, que terminaría con la desaparición de la empresa editorial, Vázquez comenzó a cultivar el cómic para adultos, publicando historietas para varias revistas y periódicos: El Papus, El Observador, Makoki, El País….. Hasta que, como decía líneas atrás, falleció víctima de una embolia.

Antoni Guiral cuenta todo lo anterior y mucho más, de un modo muy detallado, con un verbo fluido y entretenido. Tiene la virtud de que, además de la excelente selección gráfica (multitud de historietas y portadas, faceta la de portadista en la que Vázquez destacó poderosamente, ilustra el libro), mezcla lo que nos cuenta con declaraciones del propio dibujante, de los que fueron sus jefes y de sus hijos, con lo cual el lector se puede hacer una idea más que aproximada del carácter y la personalidad de este singular dibujante-protagonista que, al final de sus días, fue un poco víctima de su propia leyenda, puesto que todo el mundo esperaba alguna genialidad suya en cuantos actos tomaba parte. El único problema del libro, ¡bendito problema!, es que lo devoramos con rapidez y cuando pasamos la última página y cerramos la contraportada, nos damos cuenta que Guiral ha conseguido azuzar nuestra curiosidad y nuestro deseo de saber más cosas sobre el dibujante madrileño y sobre su época en general. En este sentido ‘By Vázquez’, por lo mucho que nos da, sabe a poco. Pero ya se conoce la manida frase de Baltasar Gracián que aquí es de aplicación: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

En resumen, que para leer sobre cómics, a veces como en este caso, es interesante, imprescindible diría yo, sumergirse en los entresijos de la vida de dibujantes y guionistas, de editoriales y publicaciones. Y eso es lo que ha hecho Antoni Guiral con ‘By Vázquez. 80 años del nacimiento de un mito’: sumergirse él y sumergirnos a nosotros, los ávidos lectores de tebeos de toda la vida que no teníamos ni idea de lo que se cocía entre bambalinas mientras leíamos inocentemente una historieta tras otra.

Herme Cerezo

‘By Vázquez. 80 años del nacimiento de un mito’ de Antoni Guiral; Ediciones B, 2010; tapa dura, color; 176 páginas; precio: 25 euros.

Publicado en SIGLO XXI, 28 de febrero de 2011

Sir Tim O'theo en Lady Filstrup ... sencillamente IMPRESIONANTE

No me resisto a incluir aquí el enlace de Lady Filstrup sobre Sir Tim O'Theo, que descubrí en su día gracias a La Cárcel de Papel. Ahora tras mi reseña del álbum, lo he revisitado y he llegado a una sola conclusión: es imprescindible y exhaustivo para conocer al personaje de Raf.

Después de visto, poco queda que añadir, únicamente pedir que se publiquen más historietas de Sir Tim. Las de la Colección Olé que menciono en mi artículo, que llevan los números 66 y 73, están incluidas en este volumen de Clásicos del Humor. Por lo tanto, no hay nada nuevo de Sir Tim bajo el sol que se pueda comprar.

¡Hay que ver hasta qué punto puede resultar interesante el género policiaco llevado al cómic con unas generosas dosis de humor!

Herme Cerezo

‘El profesor Tragacanto y su clase, que es de espanto' de Martz Schmidt: algunas similitudes innegables.

El estupendo dibujante cartagenero Martz Schmidt, el mismo que me la pegó cuando de pequeño yo pensaba que era alemán, suizo o, cuanto menos centroeuropeo, no fue sólo el padre del Doctor Cataplasma, sino también de otro famoso personaje de tinta y papel: El profesor Tragacanto (y su clase, que es de espanto). Y ahora podemos recordar sus historietas gracias al álbum publicado por RBA recientemente.

Tragacanto dirige una escuela a la que acuden niños para incrementar su caudal de conocimientos, de sabiduría. La madre de uno de sus discípulos llegará a decir del profesor que "¡Es un sabio de los grandes, en pequeño!", clara alusión a la estatura del pedagogo, aunque emplear este vocablo en este caso sea excesivo. La escuela donde ejerce su magisterio es privada, o sea, de pago, y el protagonista del birrete negro con borla flotante se las ve y se las desea para mantenerla a flote con las mensualidades que percibe. "¡Si no me gano esas cinco mil del ala, me embargarán la escuela!", avisa en una viñeta. Algo que llama la atención, quizá una contradicción, es que, sin embargo, su sueldo se lo abonan a través de una ventanilla ministerial, un agujero semicircular parecido a la taquilla de un cine, por el que asoma el rostro del pagador. De ahí su continuo empeño por escalar posiciones en el escalafón académico.

Los métodos pedagógicos del profesor son bastante peculiares. Además de colocar a su alumno preferido, Vicentito Fenelón, subido al estrado, aposentado a su diestra en una mesa especial para empollones rotulada con las palabras ‘Podium del prodigio' y ‘Lumbrera', adopta formas poco ortodoxas a la hora de enviar a los alumnos al recreo: "¡Portero! ... Van a salir los críos! ¡Prepara la escoba!" Y el portero, "el holgazán de Petronio" en palabras del togado, un tipo grandote que no se sabe bien si está demasiado gordo o es que la ropa le viene estrecha, empuja a los niños al patio a escobazos, como si los barriera. Por cierto, cuando el bedel los ve en manada, les llama "la marabunta".

La vida en la escuela se rige por una filosofía propia. Tragacanto, que se cultiva intensamente en todos los campos del saber, o eso intenta, parte de la premisa que todos sus alumnos excepto uno, el citado Fenelón, son unos zoquetes. Especialmente Jaimito Buitrago, paradigma del niño vago, gamberro, fumador e ignorante. Lo cual le lleva a elevar sus cotas de exigencia académica sin resultados aparentes. Por eso, de vez en cuando, les sorprende con controles imprevistos, "Hoy, para empezar, sufrirán un examen", que encorajinan a todos y sólo divierten al empollón Vicente. Obsérvese el empleo del verbo sufrir en lugar de harán o cualquier otro sinónimo.

Además del asunto pecuniario, que le trae de cabeza, la otra bestia parda del profesor y su escuela es el inspector. "Estoy preocupado. Hoy vendrá el señor inspector a hacer el examen mensual a mis discípulos. ¡Y están todos besugos!" Al inspector, en este caso prueba de un nivel social superior, las chaquetas le oprimen la panza, sujetas por el botón central. Calza sombrero y acarrea portafolios que denotan la jerarquía de su cometido funcionarial. Aunque no es tan malo como parece, a los ojos del lector se muestra como un severo cumplidor de la ley y un fiel vigilante del escalafón magisteril, otra de las obsesiones de Tragacanto como ya dije antes.

Pero el profesor también rivaliza con sus colegas. En este caso con doña Petronila, "la maestra de enfrente", su homónima entre la grey femenina, señal evidente de la existencia en aquellos años de escuelas diferenciadas por sexos: profesora, la sempiterna "señorita", para las niñas, y profesor para los niños.

Físicamente, Tragacanto es un calco del Doctor Cataplasma con quien comparte viñeta en ocasiones. Si confrontamos ambos rostros, podemos observar que las únicas diferencias estriban en los sombreros y los cabellos de uno y otro. Es la misma cara con indumentaria cambiada, adaptada a los medios en los que se desenvuelven. Pero todavía podemos encontrar más similitudes innegables. Si Cataplasma se muestra preocupado por la salud de la vieja acaudalada doña Millonetis, Tragacanto, trata con especial interés a su equivalente en el terreno escolar: la "pastosa" doña Dineritis. Y Panchita, la fámula de Cataplasma, es la réplica de Petronio, el bedel del profesor. De todos modos, estas coincidencias, benditas y bienvenidas sean, no empañan un ápice el estupendo trabajo creativo de Schmidt.

Para concluir, quiero resaltar la importancia que tiene la recuperación de las historietas de Bruguera, este trabajo casi arqueológico que viene efectuando la editorial RBA a través de esta colección de Clásicos del Humor, dirigida, a mi entender, magistralmente, por Antoni Guiral, cuyos comentarios introductorios no tienen desperdicio ya que aúnan análisis sociológico, anecdotario jugoso y ficha sinóptica de cada personaje. Una labor encomiable que mejora con cada nuevo álbum. ¡A perseverar!

 Herme Cerezo

‘El profesor Tragacanto' de Martz Schmidt; Editorial RBA, 2009; tapa dura, color y bitono. Precio: 9,95 euros.

La familia Cebolleta y la familia Ulises: una comparación irremediable.

La colección Clásicos del Humor de RBA sigue su particular (y exitosa) singladura entre los amantes del Cómic. Ahora le ha tocado el turno a todo un clásico - perdonen la redundancia porque todos los de la colección lo son, de ahí su nombre -, con solera contrastada: ‘La familia Cebolleta', una creación del fallecido dibujante Manuel Vázquez (Madrid, 1930-1995) para la revista ‘DDT'. En sus páginas se concitan los seis miembros de este clan peculiar: Rosendo, el protagonista; Leonor, su esposa; la hija, Pocholita, que desapareció pronto del núcleo familiar; Diógenes, el hijo; el abuelo, sin nombre propio, popularmente conocido como "el abuelo Cebolleta", y el loro Jeremías con ciertos efluvios a profeta bíblico.

A lo largo del tiempo, los roles de los personajes van definiéndose poco a poco hasta quedar nítidamente fijados hacia 1967, uno de los momentos más brillantes de la serie. Rosendo, el padre, oficinista de profesión, sólo vive preocupado por huir del tráfago familiar, leer el periódico, especialmente la sección de deportes, y pagar las facturas domésticas; Leonor, teóricamente, conduce el hogar, pero su verdadera vocación es gastarse los duros que ingresa en casa el cabeza de familia; la hija, Pocholita, es mujer de curvas imponentes y modelitos de diseño, cuyo objetivo principal es maridar con alguien; Diógenes, el hijo, alterna blancos y negros en sus historietas: buenas notas y fracasos escolares, travesuras y bondades; el abuelo Cebolleta, con su sempiterna pierna vendada a causa de una pertinaz gota, vive instalado en el pasado y en perpetua lucha para encontrar algún incauto a quien contar sus batallitas, "y yo con mis cipayos del 7º de Borneo". En realidad, hace lo mismo que centenares de ancianos: buscar comprensión y oídos pacientes; por último, Jeremías, el loro verde (¿borde?) de la familia, además de hablar, piensa, razona, apostilla y fuma puros. Todo un prodigio entre las aves prensoras.

Las aventuras de ‘La familia Cebolleta' comenzaron a publicarse en la revista ‘DDT' en 1951. Utilizando casi siempre como base de operaciones el domicilio doméstico o la oficina de Rosendo, los personajes van interrelacionándose en busca del equívoco que desencadene el chasco o la solución final. Manuel Vázquez que, por cierto acostumbraba a firmar en inglés, "© by Vázquez", utilizaba una técnica para el gag muy similar a la de otro ilustre dibujante: Francisco Ibáñez. Incluso, diría que sus dibujos (pajaritas, pantalones, narizotas) recuerdan enormemente a los del autor barcelonés. Con el transcurrir de las historias, Rosendo amelonó su cráneo progresivamente, al tiempo que apepinaba su apéndice nasal, vulgo nariz. Quizá quien más transformaciones físicas sufrió sea Leonor, que fue rubia, morena y nuevamente rubia, mientras su perfil se hinchaba y deshinchaba como si su vida fuera una sucesión de regímenes dietéticos. En algún momento, incluso, llegó a parecerse a una de las Hermanas Gilda.

Al leer el volumen dedicado a los Cebolleta, resulta imposible sustraerse a los recuerdos. Y así llaman a la puerta de la memoria imágenes de otro linaje ilustre en el mundo de la historieta: la familia Ulises, un producto de la competencia revisteril: el TBO. Y es que, si los Cebolleta pueden considerarse como un modelo familiar un tanto anárquico y explosivo, los Higueruelo, representan todo lo contrario. Los Ulises nacieron unos años antes (1944), aunque no se consolidaron como una serie con sede fija (la última página de la revista TBO), hasta el año 1952. Los Higueruelo son el paradigma de la familia "bien" de clase media, con ciertas aspiraciones sociales. Don Ulises también, como Rosendo, trabaja en una oficina, pero tiene la cabeza mejor amueblada y parece desempeñar un puesto laboral de mayor responsabilidad. Viene a ser algo así como el hombre "de confianza" de su jefe. Ulises es persona cabal, de rectos principios, que nunca atravesó por problemas económicos, filántropo - lo que le valió numerosos timos por parte de su amigo, el sablista Fernandino -, siempre preocupado por el bienestar de su familia. Mientras Rosendo Cebolleta vive sumergido en su egoísmo pertinaz, Ulises Higueruelo existe para los demás. Sinforosa, la mujer de Ulises, juega a señora bien, aparente, una mujer de busto y formas trasnochadas, llena de virtudes frente a la derrochadora Leonor Cebolleta. Policarpito y Merceditas, retoños pequeños de los Higueruelo, son pacíficos, nada revoltosos, hasta el extremo que la niña, Merceditas, es casi un bulto trasparente. En este sentido, Diógenes tiene un protagonismo mucho mayor en su familia que sus homónimos de la competencia. Lolín y Pocholita, sin embargo, juegan el mismo rol en sus casas respectivas. Lolín, además, entre otras virtudes exhibe un recato propio del nacionalcatolicismo imperante en la época y aún después. También busca novio y no habrá manera de casarla, ni siquiera con don Paco, hombre entrado en años, poco pelo y pretendiente eterno de su mano todavía núbil. La abuela Filomena equivale al abuelo Cebolleta, aunque es una versión distinta de la ancianidad: pronuncia mal muchas palabras (hay varias interpretaciones sobre este asunto), es sabia en hierbas medicinales y rica en recuerdos de su juventud. Por último, Treski el perro de los Higueruelo, es la antítesis del loro Jeremías. Además de que no habla, resulta bobo y cobarde (en la historieta ‘Ha entrado un ladrón', mientras la abuela Filomena sacude en la cabeza a un caco con su propia palanqueta, el chucho se limita a ladrar a una prudente distancia).

Aún quedan más puntos de interés en esta comparación, con claro matiz sociológico. Los Higueruelo salen bastante (cine, restaurantes, viajes) por la ciudad y por el campo. Son propietarios de un chalé en San Agapito del Rabanal. Además poseen coche propio, un modelo familiar que irá transformándose a lo largo del tiempo. A los Cebolleta no se les conoce más vivienda que la suya y carecen de vehículo de su propiedad, ni siquiera un modesto utilitario como se les llamaba entonces. Por otro lado, los Cebolleta observan un comportamiento bastante individual, escasamente comunal, mientras que a los Higueruelo resulta frecuente verlos pasear en manada o reunidos en torno al televisor, ese aparato que apareció a finales de los cincuenta en España, del que el fallecido escritor, Luis Carandel, escribió en su libro ‘Las habas contadas': "Mirar la televisión es como mirar el fuego. Hacer ‘zapping' es como atizar las brasas para remover el interés de la película".

Resumiendo, que es gerundio: ‘La familia Cebolleta' es un nuevo tanto que se apunta la editorial RBA en su intento por recuperar la memoria de nuestra infancia a través de los personajes de la extinta escuela Bruguera. Un volumen altamente recomendable, independientemente de la calidad, sin duda mejorable, de la reproducción de alguna de las historietas. Y al artífice de la colección, Antoni Guiral, una vez más gracias por devolvernos aquellos años en que supimos de la existencia de los Cebolleta. Este agradecimiento no es gerundio, pero sí es verdad.

Herme Cerezo

Colección Clásicos del Humor; ‘La familia Cebolleta'; Editorial RBA, abril 2009; Tapa dura, color, bitono y blanco y negro. 9,95 euros.

(Publicado en SIGLO XXI el día 9 de abril de 2009)

Algo más sobre la colección 'CLÁSICOS DEL HUMOR'

Ayer tuve la suerte de entrevistar para SIGLO XXI a una de las mejores autoras de novela policial que hay actualmente en España: Alicia Giménez Bartlett. Para mi sorpresa, aunque el motivo de nuestra entrevista no era ése, hablamos unos minutos del Cómic. Fechas atrás, la escritora albaceteña había coincidido en Madrid con Enki Bilal y había quedado maravillada de sus álbumes. Tanto es así que una de sus viñetas le había inspirado un relato. Y Alicia Giménez Bartlett, ni perezosa ni corta, lo escribió en un santiamén. Aprovechando la coyuntura, además, se compró todos los álbumes que pudo encontrar del autor nacido en Belgrado hace 58 años. Cualquier día trataré de entrevistarla para la sección 'No estamos locos' de este Kiosco, porque cada vez son más los escritores que leen o han leído cómics y se sienten orgullosos de ello.

Pero bueno, a lo que iba hoy. La semana anterior, en la colección 'Clásicos del Humor' apareció un segundo volumen dedicado a Mortadelo y Filemón. Para mí era uno de los más buscados, ya que su aventura, 'El caso del bacalao', incluida entre sus páginas, la tuve y leí en su día pero la había perdido. O tal vez la dejé a alguien que no me la devolvió. No lo recuerdo. El caso es que he vuelto a leerla.Y me he vuelto a prendar de ella.Creo que, junto con 'El sulfato atómico', son los dos mejores álbumes de la pareja de investigadores de la TIA. Y es que, observando ahora con otros ojos esta aventura, con la distancia debida, sin la avidez de los años mozos (de doce para abajo), se aprecian otros matices. Y así comprendo, sin duda cómo Ibáñez ha triunfado como lo ha hecho ya que cada viñeta de Mortadelo y Filemón es un gag distinto. Y eso es muy difícil de conseguir. Son gags que entran por los pequeños detalles: por ejemplo, esos hortelanos  que, como los perros del dibujante Urda, que trabajaba en el 'TBO', ven una escena como meros espectadores, indiferentes a lo que ocure, y hacen un comentario al respecto que no tiene nada que ver con la realidad, porque no entienden nada o porque están de vuelta de todo; o ese cocodrilo que, después de ser una feroz bestia carnívora, tiene que contentarse con comer una lata de papilla porque ha perdido su dentadura, volada por un cartucho de dinamita.

Esta semana le ha tocado el turno a Carpanta. otro de mis ojitos derechos de la Escuela Bruguera.  Y por fin alguien se ha dignado, Antoni Guiral, el director de la colección, en incluir alguna historieta de los almanaques navideños o de los extraordinarios de verano (¿para cuándo algún tomo monográfico sólo con esos extras y almanaques?), esos episodios en los que Carpanta, por fin, solía comer. A Escobar también se le ablandaba el corazón en las fiestas navideñas. Como a casi todos. Las historietas de este álbum arrancan en 1967 y abarcan una buena parte de su mejor época, aunque a mí - es una cuestión particular, claro - me interesan un poco más las anteriores (entre 1961 y 1967), que es cuando más Pulgarcitos devoraba y de donde me llegan mis mejores recuerdos. Resulta también curioso rememorar las cabeceras de la publicación con el muñequito y la pajarita de marras (luego desapareció sin avisar), porque Carpanta, en el fondo un segundón de esos que tanto nos gustan en El Kiosco, fue portada muchas veces. El texto introductorio del volumen es magnífico, de Antoni Guiral, aunque no lo firme él y sigamos conformándonos con esas pequeñas letritas aclaratorias de las contraportadas que rezan "de los textos introductorios Antoni Guiral". Y quería llamar la atención sobre la cubierta: Carpanta, bocadillo en ristre, boca abierta, incisivos, sus únicos dientes, afilados, y entre sus manos un bocadillo (¿de mortadela, de jamón york, de botifarra?), a modo de flauta travesera, a punto de sucumbir ante la inminente dentellada. ¿Inminente? ... No, ni mucho menos. Sobre la cabeza de Carpanta, a menos de un palmo de su curioso canotier, una maceta repleta de flores cae incontenibe sobre ella. El impacto, sin duda, una vez más, le impedirá comer. En ese dibujo, en esa portada, está contenida toda la filosofía de Carpanta: el hombre que siempre estaba a punto de comer. Pero eso, sólo a punto. Menos en Navidad, claro. 

El Kiosquero


 

    

 

’13, Rue del Percebe’, las entrañas de una finca, la mirada inmutable de un sastre.

Desde hace apenas un par de semanas, RBA ha comenzado a publicar la colección ‘Clásicos del Humor', dirigida por Antoni Guiral. En ella, planea recopilar un montón de historietas de los personajes que poblaron durante décadas las páginas de las publicaciones de la famosa (y extinta) Editorial Bruguera. Y esta semana, desde el jueves, está ya en los kioscos, tradicional punto de venta de los tebeos en este país y a mucha honra, el volumen dedicado a '13, Rue del Percebe' de Francisco Ibáñez.

Hay muchos lectores de prensa que siempre guardan para el final lo que más les gusta. Y así reservan el hueco más sabroso de su lectura diaria para bocados selectos con los que conservar buen sabor de boca durante un rato. Por ejemplo, Manuel Rivas o Manuel Vicent que aparecen en las últimas páginas de ‘El País' de los fines de semana o los artículos de opinión de Javier Marías en ‘El País Semanal' suelen ser un espléndido colofón a las lecturas de los periódicos. Sí, ya sé que es mucho "País", pero la cosa viene así. Bueno, pues, con '13, Rue del Percebe' ocurría algo parecido. Además de ser una de las páginas de lectura más apetitosa de nuestra "infanciadolescencia", cerraba ‘Tío Vivo', revista fundada primitivamente en 1957 por un grupo de dibujantes independientes y fagocitada y relanzada en 1961, con nuevos formatos y contenidos, por Bruguera. Lo mismo pasaba con el semanario ‘TBO' y las célebres andanzas de ‘La familia Ulises', que también cerraban revista hasta la semana siguiente.

Hurgando por aquí y rastreando por allá, especialmente en las webs ‘Lady Filstrup' y '13, Rue Bruguera', uno se entera de que tal vez la idea original de la historieta de "la Rue" partiera no de Ibáñez sino de otro dibujante también de la casa: Manuel Vázquez (‘La familia Cebolleta', ‘Las hermanas Gilda', ‘Anacleto' o ‘Angelito'). E igualmente descubre que el nombre puede provenir de una viñeta del ilustrador, cómo no también de Bruguera, Raf o, quizá, como afirma Miguel Fernández Soto en su libro ‘El mundo de Mortadelo y Filemón' (Ed. Dolmen, 2005) del título de una película '13, rue Madeleine' o de una tira cómica, '13, rue de l'espoir' publicada en el periódico galo France-Soir desde 1959. Da igual el origen. Lo que importa son los resultados. Y lo que resulta evidente es que '13, Rue del Percebe' de la mano de Francisco Ibáñez alcanzó un éxito extraordinario, hasta tal punto que la presencia de la pagina se hizo patente incluso en el habla popular. "Vete a la rue", "¡Hale, hale, a la rue" o simplemente "A la rue", por no emplear algún que otro epíteto complementario rotundamente malsonante, se convirtieron en frases de uso corriente y moliente. 

Y bien, ¿qué era '13, Rue del Percebe'? Pues no era ni más ni menos que la dirección y el número de un inmueble, al que le faltaba la fachada, gracias a lo cual permitía hacer algo que a los seres humanos, en general, nos gusta mucho: fisgonear, meter la nariz, escudriñar. En efecto, carentes del tabique encubridor, quedaban al descubierto las entretelas de un montón de personajes: Manolo el moroso; el ladrón Ceferino; una señora adscrita a la inefable Liga protectora de Animales, Plantas y Bestezuelas; un veterinario; una madre y sus cinco retoños; un tendero exento de escrúpulos; la portera; doña Leonor, experta en realquileres; don Hurón, que habita una alcantarilla próxima y un inventor de monstruos, que desapareció de la serie por insinuación de la censura, sustituido por un sastre del que hablaremos luego. Semejante "encuentro de culturas" sólo podía producir situaciones disparatadas e hilarantes: realquileres en condiciones infrahumanas; estafas en el género o en el peso del colmado; animales "cenados" por su veterinario; ninguneo de acreedores a cargo del moroso mediante imaginativos recursos; torturas de adultos por parte de cinco sádicos niñitos; aparición de criaturas híbridas entre la robótica y Frankenstein y chapuceros apaños del gremio del corte y confección. La interacción de todos estos ingredientes, a pesar de lo dificultoso que resultaba generar una historia de una sola viñeta por vivienda, semana tras semana, fue el motor que dio vida a este edificio incomparable. 

Con todo, ‘13, Rue del Percebe', todavía guarda para mí un as en la manga: su característica más definitoria: los pequeños detalles. Alrededor de todas esas vidas, un conjunto de elementos ínfimos redondea y armoniza la convivencia del inmueble. Las gamberradas del avieso ratón sobre un gato pánfilo; las transformaciones funcionales (desde una atracción de feria hasta un ataúd, pasando por piso realquilado) del ascensor, arteria comunicadora de todos los pisos; árboles que crecen regados por una mano sin dueño hasta invadir alguna vivienda; la pareja de novios que, semana tras semana, buscaba piso para alquilar y poder casarse, convirtiendo su amor en una promesa eterna; los gendarmes, porque son gendarmes y no guardias, dispuestos a intervenir en cuanto se reclame su presencia ... Todos estos elementos se perciben sólo después de haber visitado puntualmente cada vivienda, de haber entendido la barbaridad semanal de cada familia o de cada inquilino, cuando la vista se regodea en las aristas más recónditas del edificio sin tapa. Extraordinarios detalles. El amigo Ibáñez se lució en ello, ¡vaya si se lució! 

Ahora que ha transcurrido mucho tiempo y cuesta mucho recordar, uno tira de su memoria y rescata algún fogonazo, algún chispazo que desencadene el recuerdo completo. De '13, Rue del Percebe', cuya reedición sólo puedo celebrar con alborozo, siempre acude un detalle a mi memoria: el sastre del segundo derecha. Curiosamente este personaje se coló de rondón en la historieta. La censura, tan atenta ella, tan coactiva ella, tan escrupulosa ella, tan censora ella, recomendó a Bruguera y, a su vez, la editorial a Ibáñez que la figura del inventor de monstruos no era precisamente ejemplarizante, ya que como dice Antoni Guiral en su libro ‘Cuando los cómics se llamaban tebeos. La Escuela Bruguera 1945-1963', "sólo Dios puede crear vida". Fue de este modo como, después de que la desabrida portera mostrase el piso a un montón de aspirantes - curiosamente la eterna pareja de novios no alquiló la vivienda -, un sastre se instaló en él. Pero no se trataba de un sastre cualquiera, no, qué va. La capacidad para el gag de Ibáñez no admite dudas, imaginación fecunda la suya allá donde las haya. Creo que si hubiera tenido que dibujar el fin del sastre, jamás lo habría hecho morir víctima de un infarto. Su gesto, ese gesto que recupero de mi memoria, grabado como una fotografía, es el de un tipo tranquilo, con los ojos semientornados que contempla, impertérrito, mirada inmutable, la pulcritud de las uñas de su mano derecha. A menos de un metro, el cliente de turno, inevitablemente agitado, contrariado, colérico, le está recriminando a voz en grito ("¡Le dije de pana, traje de pana y no de rana!") su pésimo trabajo. Unas veces las mangas serán largas, otras cortas o un traje carecerá de pantalones o la espalda de una chaqueta será una hoja de periódico, lo que sea. Lo bien cierto es que el sastre, con el cojín de alfileres cogido de su manga, no se inmutará y dará su mercancía por buena. Y esa inmutabilidad abarca un desprecio hacia el cliente, un pasar de todo, un "a mí me importa un bledo" que, en lugar de irritar, invita a la risa. Impagable personaje, tremendo, demoledor, inasequible al desaliento. 

RBA con esta colección, snif, snif, nos ha permitido recobrar un trozo de nuestro pasado. El libro, la colección en general por ahora, está muy bien presentado. Quizá la calidad del papel pudiera ser algo mejor, pero el esfuerzo ha valido la pena. Cuentan los que de esto saben que las páginas han sido escaneadas de revistas antiguas, porque de los fotolitos originales nunca más se supo y que, por ello, los colores o se pasan de vivos o no llegan. A mí me parece que las hojas de menor calidad son las que se han editado en blanco y negro - porque así fueron publicadas en su día - y que en conjunto la cosa tiene un nivel más que aceptable, notable incluso, y que las notas introductorias de cada volumen son interesantísimas, todas ellas escritas por Antoni Guiral que de Cómic sabe un rato y de Bruguera y su escuela todavía más. Ignoro por qué no firma estas introducciones y nos tenemos que contentar con averiguar su autoría gracias a una minúscula nota que han impreso en una de las primeras páginas. 

No pierdan el tiempo, mis improbables, y si su infancia transcurrió entre los años 50 y 70 del pasado siglo vayan a su kiosco. Corran y cómprense este '13, Rue del Percebe'. Verán cómo, a pesar del tiempo transcurrido, todavía son capaces de soltar más de una carcajada. Sí, sí, carcajada. La sonrisa ya va incluida en el precio.

 Herme Cerezo 

'13, Rue del Percebe' de Francisco Ibáñez. Colección Clásicos del Humor. Editorial RBA, febrero 2009. Precio: 9,95 euros.

(Publicado en SIGLO XXI el 08/02/09)


Más a propósito de la Colección Clásicos del Humor

Recuerdo con especial cariño (y nostalgia, sniff, sniff), los extras de verano y almanaques de Navidad de Pulgarcito, Tio Vivo, DDT, TBO ... ¿para cuándo algún álbum recopilatorio de estos almanaques? Las portadas de todos ellos eran auténticas obras maestras de dibujo e ingenio. La Colección Clásicos del Humor sería una buena oportunidad para ello.

Insisto, ¿para cuándo?

El Kiosquero __________________________________________________

Roberto Segura y Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte: en el nombre va la pena

Fue el amigo Nacho Marín, quien en la tarde de ayer, durante una sobremesa musical y ruidosa, me lo comento: "hace pocos días murió el dibujante de Rigoberto Picaporte". Una mala noticia, como siempre que se muere alguien, sobre todo si procede de tu pasado más querido y cada vez más remoto. El fallecido, al que se refería Nacho, no era otro que Roberto Segura (Badalona, 1927-Premiá de Mar, 4-12-08) que anduvo pergeñando historietas (La panda; Lily y Gina; Maritina, chica de la oficina; Piluca, niña moderna; Marilú; Los señores de Alcorcón ... y el holgazán de Pepón; Laurita Bombón, secretaria de dirección; Rebóllez y Señora; Nicasso; El capitán Serafín y el grumete Diabolín; Pepe Barrena; Los Muchamarcha's y Don Roge y doña Lisístrata que con sus hijos meten la pata) por la editorial Bruguera desde 1957.

Para mí Bruguera fue la ventana al mundo. Durante mucho tiempo, y cuando digo tiempo me refiero a años, permanecí encamado. Unas veces por prescripción facultativa, otras por precaución desmedida de mis progenitores. Lo bien cierto es que yo me abrí a la vida a través de esos tebeos que, semana a semana, me compraba mi padre en un kiosco de la Gran Vía de Ramón y Cajal. Y en esos tebeos había personajes de papel y tintas de colores, a los que les ocurrían cosas. Y a esas criaturas les daban vida personas de carne y hueso, que imaginaba escondidas en las esquinas de cada página y que intuía dibujando sin cesar una viñeta tras otra. Autores a los que yo no conocía, pero que deseaba conocer (disfrutaba mucho, por ejemplo, cuando Josep Escobar, entonces Escobar a secas, aparecía en alguna de sus historietas). Deseos de niño, venerados, incumplidos. Todos ellos fueron personas, algunos todavía lo son, a los que estoy tremendamente agradecido, porque hicieron llevaderas aquellas largas y tediosas horas de convalecencias, unas reales y otras preventivas, como les dije antes, mis improbables.

De Roberto Segura recuerdo su estilo inconfundible. Habiendo leído algunas historietas suyas, yo detectaba con rapidez su presencia en otros dibujos que jamás había visto antes. Y es que había algo en las expresiones, bocas abiertas y agresivas en adultos y adultas; en el trazo, seguro y desenvuelto, y en las facciones de las muchachas, rostros redondeados y dulces con boquita de piñón, que los delataban y hacían fácilmente reconocibles para mí. La primera vez que vi una portada de la revista ‘Can Can', en seguida pensé que aquella escena la había hecho Segura. Fijo que sí. Y acerté. Creo, además, que Segura en sus portadas, que por cierto hizo muchas, cobraba otra dimensión. Sobre su modo de componer, sobre su proceso creativo, el dibujante badalonés habló en una entrevista concedida en junio de 1951 a su compañero, el también dibujante Conti: "Lo primero que hago es captar una idea de cualquier escena callejera. Acto seguido, sobre una cuartilla, la desarrollo en forma de guión y, una vez realizada esta fase, tan sólo queda dibujar la historia a lápiz y pasarla a tinta finalmente" (Antoni Guiral, ‘Los tebeos de nuestra infancia. La escuela Bruguera (1964-1986)').

Pero, sobre todo, retengo en mi memoria a pesar del paso del tiempo las historietas de ‘Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte'. Rigoberto no era un tipo fácil de olvidar, ni mucho menos. La figura del solterón, en la década de los sesenta, era más habitual de lo que uno se pueda imaginar y, ciertamente, sus características físicas y mentales, las de Picaporte, digo, se abrieron un hueco en mi imaginario infantil para convertirse en concepto: solterón igual a tipo, que busca matrimoniar con chica bien y de buen ver, pero que no lo va a conseguir fácilmente. Tan difícil le resultó, que no pudo casarse nunca. Claro que, en su rima "Solterón de mucho porte", Rigoberto Picaporte llevaba incluida la pena. Sus características físicas tampoco le acompañaban para huir de su destino: cuatro pelos en guerrilla, mal contados, circundando una calva cubierta por un canotier demodé; bigotito ridículo y horizontal; aspecto maduro - bastante mayor que su pretendida Curruquita - y mirar confiado. Por si faltaba poco, una espantosa pajarita remataba el cuello, al estilo de la que los cantantes líricos suelen lucir cuando van de galas, porque Rigoberto, en un principio andaba metido en artes canoras y, posiblemente, su nombre no esté lejos de alguna contracción entre el operístico Rigo(letto) y el nombre de su propio creador: (Ro)berto.

A Picaporte, en sus afanes de desposorio, todo se le desbarataba. Cuando no le timaban por alguna "ganga", las aguas no circulaban como estaba previsto. Y eso ocasionaba la ira de su futura suegra, la "mamuchi de Curru", que, si no recuerdo mal, tuvo varios nombres: doña Fulgencia, doña Lutgarda y doña Abelarda, con este último se consagraría finalmente para honra y prez de la historieta. Doña Fulgencia, doña Lutgarda o doña Abelarda, tres en una, era una suegra de armas tomar. Generalmente lo son todas, pero ésta más, porque ¿muchos de ustedes, mis improbables, tienen una suegra que fume puros, incluso a pares y que cuando habla no habla sino que arroja palabras sobre su interlocutor? ¿Se han parado a pensar alguna vez quién ganaría en un hipotético combate de boxeo entre suegra y yerno? En resumen, que el amigo Rigoberto, cantor en origen y oficinista real, futuro heredero de su tío Enriqueto al que en sus primeras historietas sableaba sin miramiento, lo tenia mal para casarse, muy mal, tanto que pasó la vida sin lograrlo, ni eso ni su pretendido ascenso social, ya que Curruquita pertenecía a la acreditada ganadería, perdón familia, de los Cencérrez, burgueses supuestamente bien acomodados.

Y ahora, muerto su creador, ¿qué será de Curruquita? ¿Todavía pensará en su amado Rigo? ¿Continuará siendo inmolada víctima de su madre o, quizá, hastiada de los fallidos intentos conyugales de su novio eterno, haya ingresado en un convento de religiosas? Segura, por desgracia, se ha llevado la respuesta a la tumba. Descanse en paz, Roberto Segura.

 Y gracias por tantas cosas.

Herme Cerezo