Categoría: ARTÍCULOS
26 Mayo 2011
Corría el año 1958 cuando en el tebeo ‘Pulgarcito' comenzó a publicarse la serie que más éxito, sin duda ninguna, ha alcanzado en la historia del cómic español. A finales de 1957, su creador, Francisco Ibáñez (Barcelona, 1936) que, durante muchos años fue empleado de banca, presentó a los responsables de Editorial Bruguera una serie de bocetos pensados para una nueva historieta que se proponía poner en marcha: ‘Mortadelo y Filemón. Agencia de Información'. Tras varios tiras y aflojas, propuestas y contrapropuestas, dimes y diretes, se perfilaron definitivamente los rasgos de los personajes que intervendrían en la misma. Se trataba de una pareja de detectives, que constituía un remake de Sherlock Holmes y el Dr. Watson, nacidos ambos de la pluma del escritor británico Sir Arthur Conan Doyle. Filemón, que fumaba una cachimba, se perfilaba con un sombrerito ridículo, pajarita y chaqueta. Su subordinado, Mortadelo, vestía de negro riguroso y utilizaba un sombrero tipo bombín pero mucho más alargado. De su interior, Mortadelo extraería los disfraces que iría vistiendo en función de lo que las circunstancias requiriesen. Como detectives, formaban una pareja de sabuesos muy sui generis, ya que su manera de resolver los casos, si es que así puede decirse, era fortuita, torpe y tosca. En ocasiones, la última viñeta se reservaba para que Filemón persiguiese a Mortadelo y le arrojase todo tipo de objetos que vinieran al caso, ya que como buen jefe siempre achacaba los fracasos profesionales a su ayudante.
A lo largo de sus cincuenta años de existencia, el aspecto físico de las dos criaturas ha evolucionado, sin que ello implique envejecimiento. Filemón perdió la cachimba y el sombrerito; su pantalón y su chaqueta se transformaron en un traje de color rojo; y su nariz, bastante prolongada en origen, se acortó considerablemente. Mortadelo, por su parte, ratificó el color negro de su indumentaria y dejó de utilizar el bombín como baúl de disfraces. El cambio de vestimenta, si el guión lo requería, se efectuaba de modo automático, sin más preámbulos. Había que ganar espacio y dotar de mayor dinamismo a la serie.
Mortadelo y Filemón se abrieron paso, imparables, en las publicaciones de Bruguera. Fue un avance constante y seguro, y pronto, sus aventuras, tal vez debería escribir desventuras, se esparcieron por otra revista de la misma editorial: el ‘Tío Vivo'. En el año 1969, apareció su primer álbum, titulado: ‘El sulfato atómico'. En él, los dos personajes, ya no son autónomos - su Agencia de Información ha desaparecido - y se presentan como los dos agentes "más perspicaces" de la T.I.A. una organización de máxima seguridad nacional, cuyas siglas responden a Técnicos de Investigación Aeroterráquea. Surgen también ahora los personajes secundarios, como Vicente, el Superintendente, y el Doctor Bacterio, un científico chapucero, que darán mucho juego a nuestros héroes a partir de este instante. Más adelante se les sumará Ofelia, la secretaria del Súper. La publicación de las sucesivas entregas (‘Chapeau el Esmirriau', ‘El caso del bacalao', ‘Safari callejero', etcétera) no hará sino incrementar la popularidad de estos agentes secretos y su presencia resultará ya imprescindible en la mayoría de publicaciones de Bruguera a las que, frecuentemente, prestarán su propio nombre: ‘Mortadelo', ‘Gran Mortadelo', ‘Gran Pulgarcito', ‘Súper Mortadelo', ‘Mortadelo Gigante', ‘Mortadelo Extra' y ‘Bruguelandia'. Después llegó la edición en el extranjero (en Alemania consiguieron vender más ejemplares que los galos Astérix y Obélix) y su salto a la gran pantalla, pasando por el mundo publicitario, el de los espectáculos musicales y el de los juegos para ordenador.
¿Dónde ha podido radicar el éxito de esta pareja? Indudablemente en tres puntos esenciales. De un lado, la enorme capacidad de trabajo de Francisco Ibáñez, dispuesto a entregar, si era menester, hasta veinte páginas distintas cada semana, mientras otros colegas dibujaban seis u ocho, que ya era mucho. De otro, la indudable facilidad del dibujante catalán para pergeñar gags sin reposo, uno tras otro. Cada nuevo recuadro, cada esquina de una viñeta constituyen invitaciones tácitas a la carcajada del lector. Y, finalmente, la ductilidad de los personajes para adaptarse a distintas épocas y desarrollarlas humorística y gráficamente.
Sin embargo, tan fructífera y exitosa carrera, no se ha visto suficientemente reconocida en forma de premios. Una circunstancia inexplicable. En toda su trayectoria, Ibáñez o Mortadelo y Filemón, sólo han sido galardonados en dos ocasiones: la primera, en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona, año 1994, y la segunda en el año 2002, cuando se les otorgó el premio del Mérito a las Bellas Artes. Por supuesto, tan cortos galardones no van a enturbiar un ápice la ejemplar trayectoria de la serie, porque a fin de cuentas, como ha declarado recientemente el propio autor, lo que importa es el reconocimiento del público, "esa gente amabilísima que me trae los álbumes para que se los firme. Los otros premios me tienen sin cuidado". Sin duda, Mortadelo y Filemón es un rotundo triunfo del boca a oreja.
Precisamente ahora que su creador ha cumplido los setenta y cinco años y sus criaturas más de cincuenta, Signo Editores acaba de sacar al mercado una edición especial para coleccionistas que consta de diez volúmenes y más de tres mil páginas en total, un auténtico dispendio de color y calidad de imagen. La colección arranca desde los primeros tiempos de Mortadelo y Filemón, hasta los actuales, pasando por las historietas de una página, las de doble página, los álbumes y las mejores portadas de las publicaciones que albergaron sus correrías. La edición, que es numerada, incluye en cada volumen comentarios, extensos y detallados, de Antoni Guiral, el historiador del cómic español que mejor conoce, sin duda, la idiosincrasia y la trayectoria de Editorial Bruguera y de todos los artistas que en ella trabajaron. Los volúmenes se distribuyen del siguiente modo: Tomo 1: La evolución de Mortadelo y Filemón' (recopilación de historietas publicadas entre 1958 y 1969); Tomo 2: ‘Las primeras aventuras largas' (la aparición de los álbumes); Tomo 3: ‘Entre villanos e inventos enloquecedores' (Mortadelo y Filemón en el mundo de la mafia criminal); Tomo 4: ‘Mundiales de Fútbol' (Los agentes de la T.I.A. en las Olimpiadas y los Campeonatos Mundiales de Fútbol); Tomo 5: ‘Un éxito que cruza fronteras' (Mortadelo y Filemón en países extranjeros); Tomo 6: ‘Adaptándose a la actualidad' (la realidad social y política de España reflejada en Mortadelo y Filemón); Tomo 7: ‘En el Libro Guinness de los disfraces' (historietas donde la versatilidad para el camuflaje de Mortadelo queda bien patente); Tomo 8: ‘Mortadelo y Filemón en la intimidad' (aspectos poco conocidos de nuestros héroes); Tomo 9: ‘En un lugar del a Mancha' (una muy particular visión de Don Quijote de la Mancha. Incluye un repaso crítico a la especulación inmobiliaria); y Tomo 10: ‘Las mejores portadas' (antología de las portadas realizadas por Ibáñez y que tienen a Mortadelo y Filemón como protagonistas). La colección, que se presenta en un cofre rotulado con viñetas de los personajes, incluye fichas técnicas documentales y textos destacados, así como diez posters con las claves gráficas de la serie. Cada volumen está encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta desplegable. Sin duda es la edición más lujosa y cuidada de Mortadelo y Filemón aparecida hasta la fecha. No admite parangón.
Que la disfruten, mis improbables.
Herme Cerezo
‘Mortadelo y Filemón'. Edición Coleccionista. Signo Editores, abril, 2011. 10 volúmenes encuadernados con tapa dura; 3000 páginas a todo color.
Publicado en SIGLO XXI, el 27 de mayo de 2011.
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
3 Mayo 2011
Estupendo artículo de Álvaro Pons en EL PAÍS, 02/05/2011, sobre las disputas familiares por los derechos de la obra de Uderzo y Goscinny.
Dr. Lynch
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
26 Abril 2011
Un manga japonés vaticinó el desastre de Fukushima en 1988. Lo publica hoy EL PAÍS.
El Kiosquero.
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
13 Marzo 2011
De pequeño, mientras mi padre se afanaba en buscar empleo y no lo encontraba, salía a pasear con él por las mañanas. Tendría yo dos o tres años y me empeñaba en que todos los días fuésemos a la Gran Vía Fernando el Católico de Valencia a visitar una estatua sedente. Se trataba de la figura del compositor Salvador Giner, esculpida en material blanco, granito o algo parecido, pero no puedo asegurarlo. La verdad es que de piedras no entiendo mucho, mejor nada.
Ahora, cincuenta años después, sé que la estatua que me subyugaba era obra
del escultor Vicente Navarro Romero (Valencia, 1888 - Barcelona, 1978), pero para mí entonces aquello no era más que un señor sentado sobre su pedestal. Yo obligaba a mi padre a que me llevase todos los días, para ver si se había levantado de su asiento y se había marchado. Mi padre trataba de convencerme de lo contrario, de que el compositor era un monumento artificial y que de allí no se iba a mover nunca. Pero yo ignoraba sus pretextos y cada mañana me salía con la mía, aunque esos paseos, que me conducían hacia la estatua, suponían siempre la misma desilusión: Salvador Giner continuaba en su puesto, observando el tráfago de coches y viandantes, inasequible al frío, al calor y a las inefables palomas.
No sé qué relación puede guardar mi afición infantil con el cómic, pero lo bien cierto es que las estatuas que dibujaba Pep Coll (Barcelona 1923-1984) para TBO, siempre me llamaron la atención. Y ahora, gracias a la reedición de los almanaques y números extraordinarios de esta publicación
, editada por Salvat, que está llevando a cabo Antoni Guiral, he podido recuperar algunas de aquellas imágenes, que se mantenían agazapadas en mi memoria, y que ahora han vuelto a aparecer.
Habitualmente, Coll dibujaba estatuas dedicadas a tipos de alcurnia, a próceres urbanos, que siempre exhibían el mentón levantado, orgulloso, la nariz al frente y los ojos cerrados. La suya era una posición de absoluta resolución, matizada con un puntito de gravedad y enjundia. Eran tipos muertos - eso parecían al menos -, que en la vida habían gozado de un notable prestigio intelectual o político. Bastones en una mano o fajines sobre sus abdómenes solemnes constituían pruebas irrefutables de su relevancia social. Siempre las situaba en enclaves tranquilos, parques amplios y despejados, parterres bien cuidados con árboles al fondo y, en ocasiones, con bancos para descansar en sus proximidades.
El dibujante barcelonés supo utilizarlas con maestría inigualable, consiguiendo despertar la sonrisa o la carcajada a través de la perplejidad que la actividad de sus estatuas despertaban. Normalmente, la primera viñeta recogía la figura tal cual era, con toda su pomposa naturalidad y absoluta quietud. A partir de ahí el guión se repetía y, alrededor del pedestal, sucedía algo que obligaba a la estatua a actuar. Unas veces ayudaban a detener un caco, otras veces recriminaban a algún empleado público porque no cumplía bien
su cometido o, simplemente, saludaban a los paseantes que discurrían frente a ellas. Si las circunstancias lo requerían, la estatuas no dudaban en abandonar su pedestal y descender a tierra para cumplir su cometido. Finalizada su acción, recuperaban el punto de partida como si tal cosa. También había estatuas recalcitrantes, que permanecían impertérritas ante cualquier circunstancia que le pudiera afectar. A algunas, el calor les molestaba y se permitían el lujo de aligerar su vestimenta para paliar las altas temperaturas.
En fin, que el bueno de Pep Coll les sacó un rendimiento extraordinario a las estatuas, con esa mezcla de realismo mágico o surrealismo, que obligaba al lector a sumergirse a fondo en la escena para participar de la perplejidad a la que aludía antes y terminar desternillándose. PIenso que, incluso, creó un lenguaje gráfico propio para dar rienda suelta a su imaginación. Y la verdad es que, si algun vez una estatua me saluda o me hace gestos para que le atienda, no me va a extrañar en absoluto.
Ya lo creo que no. Faltaría más.
Herme Cerezo
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
1 Febrero 2011
Interesante artículo publicado en EL PAÍS de hoy por Tereixa Costenla, que trata sobre la posibilidad de vivir del cómic hoy en día en España. Cifras, datos, experiencias, declaraciones. Un texto muy completo.
El Kiosquero
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
2 Enero 2011
El suplemento cultural 'ABCD' de este fin de semana, que se publicó por motivos obvios el 31 de diciembre del año pasado, incluye un artículo de Félix Romeo titulado 'El contrato del dibujante'. En él, Romeo trata de tres autores (Moebius-Giraud, Eddie Campbell y Paco Roca) que, a través de sus obras, han reflexionado sobre el noveno arte. Como aún no está colgado en la edición digital del suplemento, no puedo incluir el enlace.
Por su parte, el suplemento del diario 'Las Provincias', 'XL Semanal', publica un reportaje escrito por Frederic Potet y Anne Lavalier, titulado 'Los delirios de Moebius', dedicado a analizar los personajes y la trayectoria del dibujante galo.
El Kiosquero.
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
24 Diciembre 2010
Recuerdo (y, sin duda, añoro) los almanaques de Navidad del Pulgarcito, del Tío Vivo, del TBO o del DDT. De pequeño, supongo que como ocurría con otras personas, las Navidades eran fiestas muy entrañables para mí y, además, justo comenzaban cuando mi padre me compraba alguno de estos tebeos especiales, todavía calentitos del kiosco. Él, mi padre digo, me los dosificaba: cada domingo uno, hasta completar la serie. Pero no fallaba nunca. Cada año, cada mes de diciembre. Para abrir boca y al mismo tiempo, el Pulgarcito y el TBO. Después, los demás.
Recuerdo que durante esos días los almanaques constituían todo un acontecimiento en mi vida. Eran ventanas a través de las cuales yo me asomaba al mundo de otros adultos, de otros niños, de otras ciudades, que eran los que y las que aparecían por sus páginas. Además las historietas de los almanaques navideños acababan bien. En la última viñeta siempre tomaban champán - jamás le llamaré cava -, comían pavo, turrones, piña y otras viandas selectas. Hasta Carpanta era feliz y Doña Urraca resultaba menos hurona a pesar de su nombre.
Recuerdo que era frecuente, en esa última viñeta, que se juntasen personajes de varios dibujantes distintos: Don Pantuflo, Don Pío, Carioco, el Profesor Tragacanto, Agamenón, Mortadelo, Filemón, Protasio, el Doctor Cataplasma, las hermanas Gilda ... Todos llevaban la máscara que entonces, indudablemente me parecía auténtica, de la felicidad. De la felicidad navideña. Como si esos días nadie pudiera estar triste o pasar privaciones (de hambre, de libertad, de pensamiento ...) o caer enfermo. Ha
sta Fernandino, el inefable sablista del buen Ulises Higueruelo, era otro en esos tebeos. Al fondo siempre había un abeto, rematado por una estrella de cinco puntas y, cerca, muy cerca, de las copas de champán brotaban burbujas de felicidad.
Recuerdo que los Almanaques de Navidad se tornaban tristes cuando pasaban las fiestas. Era como si perdieran sentido. Pero no morían, sólo se aletargaban durante once meses porque, cuando un año después se publicaban los almanaques siguientes, se reanimaban y cobraban vida para rivalizar con ellos y convertirse, de nuevo, en protagonistas de aquella época tan esperada entonces. Era algo así como si les advirtiesen a los recién llegados: ¡Bienvenido! Tú eres el de este año, pero antes lo fui yo... Y sigo aquí.
Recuerdo que, de modo inevitable, los repasaba una y otra vez y establecía comparaciones entre ellos. Y así observaba que, afortunadamente y al contrario de lo que ocurría con los números ordinarios, nunca se repetían las historietas. Las historietas de los almanaques de Navidad eran únicas, pensadas, escritas y dibujadas ex profeso cada año.
Recuerdo que, como he dicho al principio, todavía los echo de menos. Y todavía espero que alguna vez alguien tenga la feliz ocurrencia de reeditarlos. Todos no, claro, es imposible. Pero sí una buena selección de ellos. Público tienen sin duda: los nostálgicos cincuentones, como el que esto escribe, que, gracias a Dios y a pesar de la crisis, todavía podrían comprarse alguno de ellos para regresar a un tiempo en el que seguro que fueron felices.
¡Bon Nadal, mis queridos y comiqueros lectores!
Herme Cerezo
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo
8 Diciembre 2010
A pesar de que lleva poco más de dos semanas en el mercado, mucho se ha escrito ya en periódicos y blogs comiqueros sobre el ‘El invierno del dibujante', último álbum de Paco Roca. Y de todos los comentarios que leo y escucho, por ejemplo, los vertidos en la presentación celebrada en Futurama en el día de ayer, 7 de diciembre, parece que Paco Roca sólo haya compuesto un tebeo, el último, ‘El invierno del dibujante', y que lo bueno o, dicho con mayor propiedad, lo mejor, está todavía por venir.
Creo, como ya escribí en mi reseña sobre el álbum, que ‘El invierno ...' es un magnífico trabajo, excelente, un homenaje a una extraordinaria generación de dibujantes y un ejercicio de reflexión histórica y profesional narrado con enorme talento, pero creo también que es un tebeo dirigido a un cierto público, un público que se nutre de los que, de pequeños, leíamos todos los tebeos de la cuadra Bruguera (Tio Vivo, DDT, Pulgarcito, etcétera), de los gurús de la historieta y de los investigadores del pasado. Ojalá no sea así, ojalá me equivoque y el álbum alcance cotas de ventas y reconocimiento insospechados, galardones incluidos. Me alegraré de esta equivocación. Paco Roca se merece este reconocimiento y alguno más. Pero me parece que no ando demasiado errado. La prueba es que, según tengo entendido, pronto se publicará en Italia, donde este tipo de trabajos tienen mayor arraigo y mejor acogida que en este país.
Hay, además, otra cosa que me llama la atención y me preocupa. Parece como si, de repente, todo el trabajo anterior de Paco Roca se hubiera olvidado. O, simplemente, no existiese, porque no está a la misma altura que su última entrega. Eso dicen. Flaca memoria es ésta. El dibujante valenciano ha publicado álbumes extraordinarios antes de ‘El invierno ...'. ‘Arrugas', que fue Premio Nacional del Cómic, del Salón Internacional de Barcelona y de un montón de sitios más, significó su consagración a nivel nacional e internacional. Esto es algo que no podemos olvidar. Aquel magnífico trabajo sobre los ancianos, las residencias y el alzheimer marcó un punto de inflexión en la carrera de Paco. Hay un antes y un después de ese álbum. Nada ha sido igual desde entonces para él. ‘Las calles de arena', su siguiente entrega, es una obra probablemente superior a ‘Arrugas', aunque quizá deba decir no mejor sino diferente por su planteamiento, por su desarrollo y por su final. Es indudablemente un trabajo en el que Roca dio rienda suelta a su imaginación, a sus fobias, en el que creó su propio territorio, al que dotó con un punto surrealista, claustrofóbico, teñido de cierto humor negro, berlanguiano, en algunos momentos.
Sin embargo, aún hay más. ¿Qué pasa con ‘El juego lúgubre', ‘Hijos de la Alhambra' o ‘El faro'. Los dos primeros son dos muestras maestras de cómo utilizar un dibujo de línea limpia, a la manera de Marini o Critone, con un espectacular dominio de las luces y de los escenarios, del fuego y del claroscuro, de la aventura y de la especulación histórica. Y el tercero, ‘El Faro', es una narración de una belleza increíble, un sueño, una ilusión, una fábula, un relato casi mitológico, enraizado con algunos de los grandes maestros de la literatura universal. Pero como no me quiero olvidar de nada, también traigo a colación en este artículo los primeros dibujos de Paco Roca, aquellas historietas eróticas que dibujaba para la revista ‘Kiss Comix', en las que aprendió - perdonen el lenguaje soez que viene ahora - a dibujar "pollas venosas y coños tremendamente húmedos" tal y como le pedía José María Berenguer, director de aquella publicación. Y es que Paco Roca es un narrador al que Dios, la Naturaleza o como prefieran llamarle ha dotado con un don especial para contar historias, no sólo con la palabra sino con las imágenes, una técnica bastante más difícil que la verbal, porque precisa de una sensibilidad mucho más acusada.
Miren, mis improbables, durante un tiempo vamos a escuchar voces cantando las bondades y excelencias de ‘El invierno del dibujante', que las tiene y muchas. A lo mejor, estas mismas voces se acuerdan un poco de ‘Arrugas' y un poco menos de ‘Las calles de arena'. Da igual. Este Invierno...' no hubiera existido sin los álbumes que le precedieron. Todos ellos, uno tras otro, han añadido galones a la carrera que, un paso tras otro, prosigue Paco Roca. Y, oigan, son pasos firmes, porque Paco tiene la cabeza muy bien amueblada. Y lo mejor de todo es que se la ha amueblado él solo, con sus dibujos, con sus experiencias, con sus páginas rotas en la papelera, con sus lecturas ...
Todo lo que venga después, eso que algunos llaman "lo mejor", será bueno sin duda porque la base es firme y sólida. Y es que, además, a pesar de los premios, de los salones, de los éxitos, de los abrazos y palmadas en el hombro, Paco Roca, Francisco José Martínez Roca, sigue siendo el mismo de antes. O, por lo menos, el mismo que conocí yo hace tres años. Por eso, al contrario de lo que hicieron en su día grandes artistas valencianos (Blasco Ibáñez, Sorolla, Raimon, Enrique García Asensio, Luis García Berlanga, José Iturbi ...), él continúa residiendo en su ciudad natal. Paco no ha emigrado para buscar el triunfo. Se lo ha trabajado desde aquí, desde esta Valencia que tiene un río con dos cauces, uno real y otro artificial, aunque ambos estén vacíos. Todo lo contrario de lo que le ocurre a la cabeza de Paco Roca, que está llena de ideas que él transforma en imágenes y palabras poco a poco, poco a poco.
Herme Cerezo
servido por elkioscodedolan
sin comentarios
compártelo